domingo, 14 de enero de 2018

LA PESTE. Gazapos y curiosidades varios




Mis cervicales me odian. Es un odio profundo, atávico, visceral. Más que cervicales parecen cuñados. Y lo peor es que cuando el tiempo se pone en plan invernal, lo que no es frecuente en estos lares, se rebelan, les domina la ira y me declaran una guerra total. Así pues y ya que no estoy para temas enjundiosos, que el metamizol magnésico me sale ya por las orejas y que la llegada del hombre a Marte aún no ha tenido lugar, aprovecharé para comentar algunas cosas sobre esta serie televisiva de la que tanta propaganda llevan hecha y por la cosa de que la acción transcurre en la ciudad que me vio nacer y, posiblemente, me vea entregar la cuchara dentro de muchos años, espero. Además, hacía muchísimo tiempo que no dedicaba ninguna entrada a temas cinematográficos (por cierto que no sé dónde carajo han ido a parar todas las entradas que se publicaron sobre se tema), por lo que no vendrá mal dedicarle una a esta serie. Ojo, esto no será una crítica, porque para gustos colores. De hecho, las críticas cinematográficas siempre me han parecido absurdas, entre otras cosas porque serán buenas o malas en función de lo que los productores unten a los críticos de cine, esos ciudadanos que juzgarán con benevolencia o rigor extremo una película en función de la cuantía de la untada. No obstante, y si alguien me pregunta, le diré que me ha parecido enrevesada, demasiado oscura, con un sonido pésimo y, aparte de eso, no he logrado enterarme de qué carajo va la cosa ni siquiera cuando acaba.

Pero de lo que hablaremos será de los curiosos gazapos que he visto en la serie que, en teoría, esta cuidada al máximo en lo tocante al rigor histórico, así que nos vendrán de muerte para chinchar al cuñado que, seguramente, ya se ha bajado todos los capítulos y pretenda largarnos una filípica acerca de las bondades del producto. Veamos pues...

Gazapo 1. Dan las distancias en metros en vez de en varas, pasos, etc. No deja de ser curioso que en los doblajes de las pelis anglosajonas respeten su sistema de medidas hablando de millas, pies, pulgadas, galones o libras y que en una película española rodada en español digan en pleno siglo XVI que tal cosa está a 200 metros en vez de a 142 pasos.

Gazapo 2. Sale mucha gente rezando, pero en español. En aquella época se rezaba en latín y, de hecho, las oraciones se aprendían en latín, y la misa por supuesto se decía también en ese idioma tan cristiano. Hasta un ciudadano analfabeto rezaba el padrenuestro en latín porque, simplemente, no existía en otras lenguas, y se rezaba igual en España o en Moscú.

Gazapo 3. Mencionan que las casas de lenocinio estaban regidas por la Iglesia. No sé de dónde habrán sacado ese dato, pero es absurdo. Intuyo que lo habrán deducido, erróneamente, por el hecho de que el cabildo catedralicio alquiló varias dependencias del antiguo Patio de los Olmos, anejo a la catedral, para negocios particulares cuando el edificio del ayuntamiento fue terminado. Al abandonar el concejo hispalense las dependencias que ocupaban en dicho recinto este quedó solo como alojamiento para clérigos de paso y locales comerciales precisamente para despejar de mercaderes las gradas que en esta serie aparecen llenas de tratantes. Si en alguno de dichos locales había un putiferio no quiere decir que fuese gestionado por la Iglesia que, de hecho, acabó demoliendo el patio de marras precisamente porque se había convertido en un nido de antros para timbas, tahúres, jugadores de ventaja, robacapas y, por supuesto, putas a mansalva.

Gazapo 4. Los personajes se hablan entre ellos de usted, forma abreviada del vuesa merced que se usaba en aquella época y que luego degeneró en vuecé para, finalmente, acabar como usted, muy posterior a la época que nos ocupa. En el siglo XVI la gente se trataba de vos salvo familiares y allegados muy íntimos y a veces ni eso.

Gazapo 5. Los pozos de nieve. Vean la imagen, en la que el protagonista, Mateo Núñez, comparte condumio con el padre Celso de Guevara que le ofrece vino que mantiene fresquito en una cubitera. Le dice que es nieve de la Sierra Norte, y que han descubierto que se conserva bien en algunos pozos. Anda un poco atrasado el padre Celso ya que los pozos de nieve los usaban los romanos, y en España eran empleados por los moros desde siempre.

Gazapo 6. ¿Recuerdan aquella escena de "El silencio de los corderos", cuando van a estudiar el cadáver de una de las víctimas del malvado desollador? Los presentes se untan en el bigote una substancia para tapar el hedor del cadáver en descomposición. Bueno, pues aquí hacen lo mismo cuando van a hacer la autopsia a un muerto. No sé de dónde habrán sacado eso de untarse potingues aromáticos, la verdad. Aparte de que en aquella época diseccionar a un cadáver era la mejor forma de acabar procesado, el término autopsia no existía, como tampoco disección o disecar. Estas historias en plan CSI renacentista no cuadran mucho, la verdad.

Gazapo 7. Teresa Pinelo, personaje que aparece como pintora y viuda de un sedero que firma los cuadros con el nombre de su padre, un tal Francisco Pinelo, porque las féminas lo tenían chungo para vender arte en aquella época. Que yo sepa, y si estoy equivocado que me corrijan, el único Pinelo dedicado a la pintura fue José Pinello Llull (1861-1922). En los "Anales Eclesiásticos y Seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla" de Ortiz de Zúñiga de 1796 solo aparece una Teresa Pinelo, en la que es mencionada únicamente como querida de don Per Afán de Ribera, muerto en Nápoles el 2 de abril de 1572 siendo virrey. Esta mujer, a la que trata como "doncella noble", dio un hijo espurio a don Per Afán con el nombre de Juan de Ribera que, metido a clérigo conforme era habitual en los bastardos de la nobleza, llegó a arzobispo de Valencia y a ostentar el patriarcado de Antioquía. Los Pinelo fueron una familia de comerciantes de origen genovés asentada en Sevilla cuya cabeza visible fue Francisco Pinelo (¿? -1509) que desempeñó el cargo de factor de la Casa de Contratación, pero pintar parece ser que pintaba poco. Estuvo casado con María de la Torre y de cuyo matrimonio nacieron dos hijos: Jerónimo y Pedro. Así pues, no sé de dónde habrá salido esta Teresa salvo que sea un personaje de ficción y lo hayan querido hacer pasar como histórico para cubrir la cuota feminista obligatoria.

Gazapo 8: Los efectos virtuales son bastante buenos, las cosas como son. Sin embargo, cometen unos errores absurdos en lo tocante a proporciones o perspectivas. El más flagrante es este de la foto, que ofrece una panorámica de Sevilla cuando el protagonista, Mateo Núñez, llega desde Toledo. Bueno, el fallo radica en que esa perspectiva solo es posible si se llega desde Huelva, o sea, desde el oeste. Sevilla está en un inmenso llano dominado por el Aljarafe, a poniente de la ciudad, y es por eso por lo que todos los grabados renacentistas de la misma están tomados desde esa comarca, precisamente porque es desde donde se disfruta de una vista panorámica de la urbe. Por cierto que este error es habitual, porque ya se vio en aquella serie sobre Teresa de Ávila que protagonizó Concha Velasco en 1984. Un viajero que llegase desde el norte avistaría Sevilla desde el nivel de la ciudad, y podría acceder a ella por la Puerta de Carmona, la Puerta de Córdoba o la Puerta de la Macarena dependiendo de la parte de la ciudad donde se quisiera dirigir. En aquellos tiempos, el camino desde Córdoba a Sevilla se hacía por la margen derecha del Guadalquivir, pasando por Palma del Río, Lora del Río, Alcalá del Río y La Algaba.

Gazapo 9. Con esta humillarán a sus cuñados hasta límites inhumanos. La imagen que vemos corresponde a la Puerta del Arenal, por donde el protagonista entra a la ciudad tras cruzar el río en barca. Bien, al fondo a la derecha se vislumbra la esbelta silueta de la Giralda y un templo que hemos señalado con una flecha. Se trata de la iglesia del Salvador, que fue construida sobre los cimientos de la antigua mezquita de Ibn Adabbas, la cual fue sacralizada y reformada para su uso como templo cristiano tras la reconquista de la ciudad a manos de Fernando III en 1248. Debido a su mal estado (el edificio original databa nada menos que de 830) fue derribado en 1671 para construir en su lugar el templo de estilo barroco cuyas obras duraron desde 1679 a 1712. En fin, esa iglesia no pinta nada ahí.


Gazapo 10. El protagonista, ya dentro de la ciudad, se ve ante la majestuosa sede hispalense tal como vemos en el fotograma. Bien, esa panorámica es la que se ve cuando se llega desde la calle Mateos Gago, y para orientarnos mejor tenemos marcada con la flecha la Capilla Real. Pero la cosa es que precisamente delante de esa fachada era donde estaba el Patio de los Olmos, por lo que para verla era imprescindible acceder al mismo, lo que se hacía desde una puerta situada junto a la Giralda, a la derecha de la imagen, o bien por otra junto a la Capilla Real, a la izquierda. En esta entrada pueden vuecedes enterarse de más entresijos sobre este recinto tan peculiar que se encontraba donde actualmente está la plaza de la Virgen de los Reyes. Unos transeúntes situados donde aparecen los personajes de la imagen solo verían un alto muro y la catedral asomando por detrás del mismo.


Gazapo 11. El saturnismo del probo impresor. El sujeto de la imagen, impresor de oficio, hace una breve aparición tosiendo como un tísico en estado terminal. El protagonista, que es asaz observador, afirma que se debe al plomo, que es venenoso, en referencia a los tipos de imprenta que usa en su oficio. Veamos, la manipulación del plomo no tiene ningún efecto nocivo si no entra en el cuerpo pero, en fin, aceptemos que el impresor es un guarro que no se lavaba las manos tras manejar los tipos y luego se rechupeteaba los dedos. Pero la cosa es que, entre la extensa sintomatología del saturnismo, no aparece la tos que no abandona a este hombre. Los que son apreciables a simple vista, o sea, los que se manifiestan exteriormente aparte de que por dentro esté en las últimas, son vómitos, vértigos, letargo, ataxia (descoordinación en los movimientos) y dolores abdominales, pero nada de toses. Igual es que estaba acatarrado y el protagonista se confundió, quién sabe...


Gazapo 12. Este fotograma nos ofrece una interesante vista del aspecto de la Torre del Oro cuando era una albarrana que cerraba el paso al arenal mediante una coracha que la unía a la Torre de la Plata, que vemos a la izquierda de la imagen. En realidad, aquí tenemos más que un gazapo un error en las proporciones. La entrada a la torre, como ya se explicó en su día, es la misma por la que se accedía a ella a través del adarve de la coracha, que correspondía aproximadamente a la altura que marca la flecha o quizás incluso más abajo. Puede que el error se deba a un detalle, y es el desconocimiento de que hay una planta baja que fue macizada a raíz del terremoto de Lisboa para reforzar su estructura, que quedó bastante dañada hasta el extremo de plantearse su derribo. En todo caso, lo cierto es que la torre era al menos 4 o 5 metros más alta de lo que vemos en esa foto. Por lo demás, la recreación está bastante lograda, y han tenido en cuenta que el tercer cuerpo, que no vemos en la foto, fue añadido en el siglo XVIII, precisamente tras las obras de consolidación efectuadas a raíz del puñetero terremoto. En cuanto a la Torre de la Plata, es más estrecha en relación a su hermana mayor, pero bueno, tampoco es plan de cogérsela con un papel de fumar.


Gazapo 13. Ahí tenemos una recreación del castillo de Triana, en aquella época denominado también como castillo de San Jorge y sede del Santo Oficio hispalense. La flecha roja marca el puente de barcas que unía Sevilla con el arrabal trianero hasta que se construyó el puente de Isabel II entre 1845 y 1852. Sin embargo, la flecha azul marca unos arcos que serían los Caños de Carmona, el antiguo acueducto romano que traía agua desde la fuente de Santa Lucía, en Alcalá de Guadaría. Este acueducto entraba en la población por la Puerta de Carmona, situada al este, o sea, justamente al fondo de la imagen, que correspondería a la zona del Alcor. Aparte de eso, el castillo debería aparecer enlucido y encalado, y no con el mampuesto a la vista. Como eso ya se explicó años ha no es plan de repetirlo, pero esa imagen de los castillos de piedra vista es simplemente a consecuencia de que casi todos han llegado a nuestros días con los enlucidos prácticamente desaparecidos. Por cierto, en esta toma han omitido la cúpula de la iglesia del Salvador que comentamos antes.


Gazapo 14. Este es glorioso. Es una continuación de la toma anterior que va recorriendo el castillo. Pero al final del mismo, ¿qué nos encontramos? Nada menos que con la torre de Don Fadrique, que no sé para qué leches la han trasplantado desde su ubicación en el jardín del convento de Santa Clara, dentro de la ciudad. De esta emblemática torre ya se habló largo y tendido en su día, así que los que la desconozcan o quieran saber su situación dentro de Sevilla sírvanse pinchar aquí. La verdad, no entiendo el motivo de cargarse una recreación tan bien hecha con algo que da tanto cante.

Gazapo 15. Esta escena nos muestran las fosas comunes en las que van enterrando a las víctimas de la peste. Por la posición del castillo de Triana, que vemos al fondo, después del río, se desarrollaría aproximadamente en lo que hoy es la zona de La Barqueta, al final de la calle Torneo. En aquella época, los que palmaban a consecuencia de estas epidemias los mandaban al Prado de San Sebastián, un extenso ejido situado al este, lejos del río. Enterrar gente en esa zona, que todos los años se anegaba por las crecidas del Guadalquivir, sería la mejor forma de desenterrarlos con las consecuencias de tipo sanitario que tendría ya que las aguas entraban en la población con bastante facilidad. En esta entrada se explicó ese tema en su día. 


Gazapo 16. Este es fastuoso. Ahí vemos a un probo matasanos deambulando por un hospital lleno de apestados con la jeta cubierta con la típica máscara con forma de cabeza de pájaro que se usaba pensando que protegía contra la enfermedad. Pero lo bueno no es la máscara, que es correcta, sino el sombrero de tres picos con que se cubre. Aunque la calidad de la imagen pueda hacer pensar a alguno que no es así, puedo asegurar que es un sombrero de tres picos. Qué despiste, ¿no?


Añadir leyenda
Gazapo 17. La teja. Es el sombrero que llevan esos dos curas. La teja era un derivado del capelo romano al que se curvaban un poco las alas por los lados. En el siglo XIX dichas curvaturas eran tan exageradas que les daba el aspecto de una teja, de ahí el nombre. Ese tipo de sombrero no se empezó a usar por los curas rasos hasta el siglo XVII, y se mantuvo hasta no hace muchos años. Recuerdo verlo puesto a algunos curas ya mayores cuando era un mozalbete pero, en todo caso, en el siglo XVI aún no estaban de moda. 


Gazapo 18. Aquí también se nos adelantan en el tiempo unos añitos de nada con ese fabuloso espejo estilo barroco que aún estaba por nacer. Surgido en Italia a principios del siglo XVII, no tardó mucho en llegar a España, donde alcanzó un esplendor magnificente. Pero, en este caso, la mentada magnificencia estaba por llegar.


Gazapo 19. Sí, ya sabemos que las llaves de chispa surgieron en el último cuarto del siglo XVI (la acción transcurre en 1597), pero si el mismísimo césar Carlos, amante apasionado de las armas al que proveían los mejores armeros de España, Alemania e Italia seguía usando pistolas con llave de rueda, dudo mucho que el Asistente de Sevilla ya tuviera una de chispa. De hecho, la proliferación ese tipo de armas no empezó hasta un tanto avanzado el siglo XVII con las llaves de patilla.


Gazapo 20. En el auto de fe vemos a los cuatro malditos herejes a punto de ser condenados a formar parte de una barbacoa. Eran relajados, o sea, entregados al brazo secular ya que la Iglesia no podía condenar a muerte a nadie. Como vemos, van vestidos con unos sambenitos y sus respectivas corozas, que son esos cucuruchos que llevan sobre la cabeza, todo ello de un color gris oscuro. En este caso, en realidad los sambenitos eran negros con llamas y demonios pintados en rojo, a modo de amable recordatorio de lo que les esperaba en el Más Allá tras partir convertidos en torreznos del Más Acá. En cuanto a las corozas, iban pintadas de rojo. 


Gazapo 21. El probo ciudadano que vemos depositando una moneda sobre el pecho del aspirante a difunto le dice: "Para el barquero, buen viaje", costumbre que como sabemos era propia de los paganos romanos, que ponían una moneda en la boca del difunto, cuando ya había palmado, para pagarle a Caronte por cruzar la Laguna Estigia. Qué gazapo más chorra, ¿no?



Curiosidad 1. Esta secuencia está rodada en el pasillo inferior del anfiteatro de Itálica, de donde parten las escaleras que conducen a la IMA CAVEA, o sea, la situada en el nivel más bajo y reservada a los patricios y caballeros. El protagonista ha accedido a ella directamente desde la arena, y frente a él se ve uno de los accesos al graderío superior. Todas las escenas que aparecen a continuación están rodadas en el anfiteatro, así como en el túnel que conduce a la FOSSA BESTIARIA del mismo.


Curiosidad 2. Esta también les vendrá de muerte por si al cuñado aún no se le han atragantado las almendritas con que acompaña al whisky. Lo que ven no es de Sevilla, sino la alcazaba de Alcalá de Guadaíra. Esa escalera de madera es falsa o, más bien, un recurso para forrar la que hicieron nueva cuando restauraron el recinto hace pocos años y que es un adefesio de hormigón que entona con el resto del edificio tanto como a un santo dos pistolas. La puerta por donde está entrando el soldado es precisamente la que da acceso a esa escalera, la cual comunica con el adarve.


Curiosidad 3. Y ahí tenemos una de las puertas de la muralla de Sevilla que, en realidad, pertenece al Alcázar de la Puerta de Sevilla, en Carmona. Es una puerta con pasillo de acceso directo de la antigua fortaleza árabe que defendía el acceso de la zona baja de la población, por lo que también es conocida como Alcázar de Abajo.


Curiosidad 4. Aquí tenemos la consumación del auto de fe con la cremación de los malditos herejes, que han situado en el Patio de los Silos del alcázar de Alcalá de Guadaíra. El caserío urbano que se ve tras las murallas es un efecto virtual ya que tras las mismas solo se verían los enormes eucaliptos que hay en lo que antaño fue la villa medieval, terreno que hoy solo está ocupado por la iglesia de Ntra. Señora del Águila. Como ya explicamos en su día, el quemadero del Santo Oficio estaba situado a extramuros, justo donde se encuentra actualmente la majestuosa estatua de nuestro héroe nacional, Rodrigo Díaz, que en su día donó Doña Margaret Huntington a la ciudad a raíz de la Exposición Iberoamericana de 1929.


Curiosidad 5. En algunas escenas se ve a uno de los personajes deambulando por un foso que, intuyo, debe querer representar lo que según la leyenda se conocía como la Cava, que sería el foso del castillo de Triana, convertido en nido de tugurios y gente de mal vivir. No obstante, hay diversas teorías sobre el tema de la Cava si bien ahora no vienen a colación. En todo caso, sea o no la dichosa Cava, para rodar esas escenas han recurrido al foso del Alcázar del Rey don Pedro de Carmona

Bueno, si con esta serie de gazapos y curiosidades curiosas no logran que sus aborrecidos cuñados se corten las venas longitudinalmente, recurran a la escopeta del abuelo y les endilgan una posta lobera en la caja del pecho y aquí paz y después gloria, amén de los amenes.

Es tiempo de merendar y de ponerme la manta eléctrica en el maldito cogote, a ver si estas malvadas dejan de soliviantarse y las adormezco.

Hale, he dicho

jueves, 11 de enero de 2018

Las drogas y la milicia. La inTelezi y la dagga





Retrato supuestamente original de Shaka
pintado por el capitán Shorey
Al hilo de la entrada que dedicamos a la introducción del hashis entre el ejercito del enano corso al que Dios maldiga por siempre jamás, en esta entrada veremos como, mucho antes de que los occidentales se dedicaran a ponerse ciegos consumiendo substancias derivadas del opio, ya había ciudadanos de otras culturas que, en vez de recurrir al adormecimiento, preferían consumir otro tipo de porquerías que los ponían como rinocerontes en pleno brote psicótico. De hecho, estos sujetos recurrían a una mezcla de substancias psicoactivas y espiritualidad mediante la que los dioses, o incluso el phantasma del abuelo, les insuflaban la energía necesaria para derrotar bonitamente a los enemigos. Este era el caso de los zulúes, unos belicosos ciudadanos melaninos (antes de la corrección política negros a secas) que crearon un pujante reino y alcanzaron una notable supremacía tanto militar como social a raíz del ascenso al poder de Shaka hacia 1816. 


Impondo zankomo. La flecha señala la dirección de avance
Este sujeto, bastante fiero y expeditivo por cierto, fue capaz de llevar a cabo una serie de reformas en lo tocante a la organización militar de su tribu que podrían ser perfectamente equiparables a las de cualquier estratega occidental, de forma que logró organizar una compleja maquinaria bélica que puso las peras a cuarto a todos los occidentales que se personaron por aquellos lares con ganas de incordiar empezando por los bóeres y terminando con los british (Dios maldiga a Nelson), que lograron finalmente derrotarlos no sin antes ver su infinita arrogancia anglosajona bonitamente humillada cuando les dieron enhorabuena las del tigre el Isandlwana el 22 de enero de 1879. Aparte de las modificaciones llevadas a cabo en el armamento ofensivo de este pueblo, la más famosa creación de Shaka fue la formación en forma de cabeza de búfalo, la impondo zankomo, literalmente "los cuernos de la bestia", formada por cuatro bloques: le principal o isifuba era la testuz, que era la que acometía al enemigo en primer lugar. A continuación entraban en acción los flancos o izimpondo, los cuernos, con los que primero rodeaban y luego aniquilaban al enemigo. Como fuerza de reserva quedaba el lomo o umuva, que permanecía en la retaguardia a la espera de que su intervención fuese necesaria.

Fornido zulú armado con una maza. Este sujeto,
bien motivado con farlopa en cantidad, podía ser
extremadamente eficiente en el campo de batalla
Los zulúes eran originariamente una serie de clanes que se agruparon hacia finales del siglo XVII en la costa este de la actual Sudáfrica, concretamente en la zona comprendida entre la ciudad de Pongola (uPhongolo en lengua zulú) y el río Umzimvubu. Según la tradición oral de este pueblo, hacia 1670 un tipo llamado Zulú, que significa algo así como "el celestial", se asentó en las orillas del Imfolozi Emhlope, el río Umfolozi Blanco, tomando sus descendientes y seguidores el nombre de amaZulu o "hijos de los cielos". Los distintos clanes se dedicaron a masacrarse entre ellos como cuñados por trincar la última gamba del plato para lograr alcanzar la supremacía hasta que, con la llegada al poder de Shaka, se acabaron las peleas. Shaka eliminó todo atisbo de disidencia en forma de asesinato político y aquí paz y después gloria. Naturalmente, en el momento en que todos los amaZulu estuvieron bajo el mando de un único monarca fue cuando empezaron a dar estopa a todo aquel que pretendiese chincharles, que para eso eran unos sujetos bastante fieros y tal. El primer contacto que tuvieron con hombres blancos (nadie se ofende si se llama blancos a los blancos) tuvo lugar en 1824 en una zona conocida como Natal, llamada así por haber sido descubierta por Vasco de Gama en la Navidad de 1497, por lo que la bautizó como TERRA NATALIS en honor a la efemérides. Los exploradores eran dos antiguos oficiales de la armada británica llamados James Saunders King y Francis George Farewell, que al parecer hicieron buenas migas con Shaka debido a la inmensa curiosidad que despertaron en él, sobre todo sus mosquetes Brown Bess con los que matar al prójimo era coser y cantar. Está de más decir que la codicia de los occidentales al ver los ricos recursos naturales del país fue el comienzo de todo.


Inyanga de visita médica
Dentro de su compleja organización social había dos personajes que son los que más nos interesan para este tema, el inyanga y el isangoma. El inyanga era lo que nosotros denominaríamos como médico. Pero un médico de verdad, no un hechicero de esos que curaban al personal meneando una maraca y poniendo los ojos en blanco. Los izinyanga (es el plural de inyanga) eran como nuestros naturistas que curaban a base de umuthi (medicinas) en forma de hierbas, semillas, raíces e incluso algunas partes animales con propiedades curativas como la grasa y, por supuesto, estupefacientes y psicoactivos. Al parecer, el nivel de curaciones que lograban los izinyanga era razonablemente alto porque, ciertamente, su dominio sobre la farmacopea natural era bastante elevado, y a eso había que unir el efecto psicosomático que ejercían gracias a la fe que los heridos o enfermos depositaban en ellos. En la foto de la derecha podemos ver un inyanga paseándose por el mundo con su "maletín" de médico en el que lleva un amplio surtido de yerbajos de todo tipo, mientras que del cuello cuelgan varios recipientes obtenidos de calabazas y cuernos en los que guarda pócimas, polvos y ungüentos ya preparados para su consumo. Con ellos, el inyanga podía curar, o al menos intentarlo, muchos tipos de males, desde alergias o inflamaciones a problemas gástricos como el estreñimiento y la diarrea. También se atrevían con las heridas de guerra cortantes, punzantes y fracturas siempre y cuando no se infectasen si bien, como ya sabemos, en Occidente tampoco podían decir que el tema de los antisépticos estuviera muy avanzado en aquellos tiempos. Otrosí, podían incluso hacer injertos de piel y tratar la epilepsia, si bien intuyo que estos últimos debían ser bastante complicados de solucionar. En todo caso, el hecho es que los izinyanga solo obtenían su cualificación como tales después de un aprendizaje de años y años, y por cierto que aún existen en aquella zona de Sudáfrica ofreciendo y vendiendo sus potingues como nosotros lo hacemos en una parafarmacia o en una herboristería. De su conocimiento sobre los efectos de determinadas hierbas era de donde obtenían las substancias psicoactivas que detallaremos más adelante y que eran administradas generosamente a los guerreros antes de entrar en combate.

Isangoma revestido con los atributos de su
rango. El más significativo era el bastón
rematado con una cola de ñu que sostiene
con su mano derecha
En cuanto al isangoma, era el adivino, brujo, chaman o como queramos llamarlo. Estos personajes no solo eran solicitados para solventar problemas de tipo, digamos, espiritual, sino también para diagnosticar determinadas enfermedades que el inyanga era incapaz de detectar, supongo que mentales en este caso, gracias al imimoya nayambibi, que eran unos poderes al parecer innatos y de tipo hereditario mediante los cuales el isangoma era capaz de llegar a sentir el mal o el dolor del paciente de forma telepática, para lo cual le bastaba sentarse ante el mismo y mirarlo fijamente, o bien sintiendo sus vibraciones que interpretaba de una forma u otra. Estos probos chamanes tenían además una gran influencia entre su clan porque eran los encargados de desahuciar a los malos espíritus que se alojaban sin permiso en el cuerpo de la ciudadanía e incluso de ordenar a los cuñados más gorrones largarse a hacer puñetas de la casa de los aquejados por su invasiva presencia. Su autoridad llegaba al extremo de poder incluso ordenar la muerte de algún miembro de la tribu del que se sospechase que estaba poseído por algún espíritu chungo, para lo cual se reunían los posibles posesos en su choza y, a base de sahumerios y bailes lograba detectar al afectado, al que señalaba golpeándolo con su cola de ñu distintivo de su rango. A continuación no se molestaban en exorcizarlo ni nada por el estilo, sino que se limitaban a meterle un palo de medio metro por el recto y darle así una muerte bastante desagradable. Por cierto, se sabe de buena tinta que ni un solo cuñado de un isangoma osó jamás darle un sablazo ni entrar en su despensa, y que antes de eso solían hacerle onerosos regalos para caerle bien. Curiosa mutación, ¿no?

Representación del ataque a la misión de Rorke's Drift
durante los días 22 y 23 de enero de 1879. En esta
ocasión los zulúes no pudieron arrollar a los british
al mando de los tenientes Chard y Bromhead
Bueno, con lo dicho ya podemos hacernos una idea de la situación en la tierra de los zulúes y de su predisposición a envalentonarse a base de comer, fumar o esnifar porquerías. Pero en la víspera de la batalla aún tenían ocasión de celebrar una serie de ritos dirigidos por el isangoma que, la verdad, se me antojan un tanto asquerosos. En el banquete que celebraban para fortalecerse espiritualmente y en el que tomaban parte miles de guerreros, el isangoma distribuía un potente emético o wokuphalaza para tener una vomitona fastuosa con el fin de limpiarse por dentro de malos rollos y cosas así. No quiero ni imaginar el penetrante aroma de miles de vómitos esparcidos por todas partes. Pero lo más importante era la inTelezi, la droga de la invencibilidad. Por curiosidad he buscado el significado del palabro y viene a querer decir "no te preocupes", lo que casa bastante bien con los efectos de este tipo de droga. Aunque en algunas fuentes afirman que se trataba del extracto de una determinada hierba, parece ser que en realidad la inTelezi era el nombre que le daban a cualquier substancia psicoactiva, ya fuera comida, inhalada o bebida que no solo les liberaba de los malos espíritus y esas cosas, sino que además les proporcionaba un valor y un arrojo que los convertía en verdaderos energúmenos. Además, el ardor guerrero que insuflaba esta droga les hacía despreciar los efectos de las armas enemigas y, en resumen, los ponía sumamente contentitos y dispuestos para la lucha. Era por lo que se ve una droga bastante versátil ya que también se consumía cuando palmaba algún pariente y había que purificarse tras meterlo en el hoyo.

Jefazos zulúes con sus adornos y armas para entrar en batalla
Pero la droga más potente de todas era la dagga, la cual consumían de forma previa y durante la batalla fumada, inhalada o bebida en un caldo que se distribuía a los combatientes. La dagga era la variedad del cannabis que se obtenía en aquella zona del continente africano si bien había sido importada siglos antes ya que no crecía de forma natural en aquellas latitudes. Al parecer, fue importada desde Egipto a través de Etiopía por los bantúes, donde ya había constancia de su uso en el siglo XIV, para un uso terapéutico. Fue bajando hacia el sur del continente con los hotentotes y los bosquimanos, que le daban el nombre de bangue. Según un misionero portugués llamado João dos Santos a principios del siglo XVII ya se cultivaba por la zona del Cabo de Buena Esperanza, y narraba como los naturales del país se comían las hojas cuyos efectos eran similares a los de una borrachera. Fueron los holandeses los que enseñaron a fumar la dagga a los nativos, que aprendieron tanto a fabricar pipas de barro, madera o hueso como a fumarlo a través de agua como en las narguilas que usan los otomanos. Los que no querían pasarse la mezclaban con tabaco, pero los zulúes preferían fumarla a pelo para ponerse como una moto. Porque lo más significativo de la dagga es que esta variedad de cannabis no tenía los efectos relajantes del hashis, sino todo lo contrario. El que la consumía se volvía un auténtico energúmeno, y en el momento en que notaban que sus efectos iban aminorando rápidamente consumían más en pleno combate, ya fuese bebida o inhalada. 

La dagga ponía al personal tan desaforado que los mismos británicos, que cuando llegaron allí pensaban que aquello sería un paseo militar, se quedaron perplejos cuando estos fieros ciudadanos se les echaron encima despreciando los devastadores efectos de la munición de los Martini-Henry, que producían unas heridas escalofriantes similares a las minié como podemos ver en la ilustración de la derecha, que muestra un surtido de maltrechas osamentas zulúes en las que se aprecian los efectos de dicha munición. Un pueblo que por naturaleza era bastante belicoso y con un elevado concepto de sí mismos solo necesitaba estimulantes de ese tipo para convertirse en diablos suicidas a los que les daba una higa caer como moscas ante las descargas cerradas con que la disciplinada infantería británica intentaba rechazarlos. El mismo comandante del ejército aniquilado en Isandlwana, lord Chelmsford, dejó constancia de la ferocidad desplegada por los zulúes en el campo de batalla, a los que solo cuando eran literalmente acribillados a tiros o cosidos a bayonetazos era posible detener. En todo caso, aparte de la robusta naturaleza de estos ciudadanos la habilidad de sus izinyanga salvó a más de uno de una muerte segura, teniendo como preclaro ejemplo uno de ellos al que un british mencionaba por haber recibido no menos de once disparos y salió vivo del brete. Debía ser incombustible, carajo...

Boophane disticha, también llamada planta rodadora o bulbo venenoso
Y si el empleo de la dagga no fuera bastante, los izinyanga disponían de un potente analgésico que además tenía efectos alucinógenos para calmar el dolor producido por las heridas. Al parecer, lo obtenían de los bulbos de la boophane dischita, una planta autóctona del sur de África más venenosa que una mamba negra con gripe y con la que las tribus de la zona incluso envenenaban flechas. Pero el componente que interesaba a los izinyanga era el eugenol, una substancia aceitosa con propiedades analgésicas, y  la bufanidrina, un alcaloide con propiedades alucinógenas y anestésicas similares a la codeína o la morfina. Este compuesto era de una toxicidad muy elevada, y los izinyanga debían ser extremadamente cautos en su administración porque las dosis precisas para mitigar el dolor o dejar al zulú listo de papeles se diferenciaban en un ápice. 

Zulúes cargando contra el enemigo
En fin, estas eran las drogas usadas por los zulúes para animar el cotarro. En aquellos tiempos los british solo usaban el ron, cuyo consumo en latitudes cálidas no debía ser precisamente agradable salvo para los hijos de la brumosa Albión, alcoholizados hasta las orejas. Por desgracia para estos belicosos y fieros guerreros, sus pócimas no fueron suficientes para derrotar de forma definitiva al ejército británico a pesar de que incluso disponían de armas de fuego desde antes de su llegada a Natal. Incluso tras la escabechina de Isandlwana lograron capturar un millar de fusiles Martini-Henry y alrededor de medio millón de cartuchos de calibre .450, pero eso no bastó cuando las ametralladoras Gatling y la artillería, además de la eficiente infantería británica, desplegó todo su poder letal, ante el que ni la inTelezi ni la dagga podían hacer otra cosa que empujarlos a la muerte como auténticos y verdaderos héroes.

En fin, con esto terminamos, que es hora de merendar. Ya seguiremos con estos temas de drogadicción militar.

Hale, he dicho

Entradas relacionadas:




Restos mortales de guerreros zulúes a los que sus pócimas ya no les servían de nada

martes, 9 de enero de 2018

Curiosidades sobre vehículos curiosos


Daimler tedesco habilitado como auto-propulsado con un cañón antiaéreo. La necesidad de disponer de artillería
móvil para abatir tanto los aviones como los globos cautivos enemigos obligó a recurrir a camiones convencionales

Moto Indian con sidecar adaptado para transportar dos
heridos. La duda es qué pasaba con el de arriba si les
pillaba una curva ajustada a toda velocidad
Es de todos sabido que, por desgracia, las guerras han sido, son y serán el mayor acicate para incentivar la evolución. Inventos que en tiempos de paz tardaríamos décadas y décadas en idear, en tiempos de guerra salen a relucir en cuestión de meses. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que aquel que invente más y mejor derrotará antes a los enemigos, y eso lo saben hasta los cuñados ahítos de documentales del Canal Historia para ciudadanos con memoria de pez. Como ya hemos dado cuenta en diversas entradas al respecto, la Gran Guerra fue un descomunal y, a la par, apocalíptico laboratorio para crear nuevos artilugios o desarrollar otros que, aunque inventados anteriormente, precisaban del empujón final para hacerlos realidad. Unos lograron pasar la prueba mientras que otros quedaron en estado latente porque aún no estaba disponible la tecnología necesaria para sacarles el máximo partido. Otros fueron desechados, pero no por ser inútiles o estar mal concebidos, sino por la absurda mentalidad de los milites de la época, que muchas veces confundían el progreso con la cobardía. En cualquier caso, muchos de los vehículos que protagonizaron la 2ª Matanza Mundial ya estaban inventados décadas antes a pesar de que algunos piensen que en su día fueron de lo más novedosos. De hecho, la realidad es que bastantes de ellos habían sido incluso rechazados ante evidentes muestras de cachondeo por parte de los gerifaltes de turno que, en vez de ver la posible utilidad de los diseños, preferían dárselas de listos y, encima, cachondearse del inventor impunemente, gesto propio de inopes mentales que, de ese modo, pretenden ocultar sus carencias intelectuales. Así pues, dedicaremos esta entrada a dar cuenta de algunos vehículos curiosos que puede que a más de uno le sorprendan, y dicho esto, vamos al grano que para luego es tarde.

Northover-Harley Davidson machine gun carrier
Una imagen bastante emblemática de la 2ª Guerra Mundial son las magníficas BMW R75 o las Zündapp KS750 que la Wehrmacht paseó por medio planeta. Ya saben, esas potentes motos provistas de sidecar y armadas con una ametralladora que salen en los documentales haciendo virguerías sobre carreteras enfangadas hasta la trancas. Sin embargo, la idea de fabricar motos armadas ya venía de antes. El uso bélico de estas máquinas fue todo un hallazgo a raíz de la Gran Guerra. Eran manejables y rápidas, y resultaron enormemente eficaces como enlaces y vehículos de apoyo que valían para todo, incluyendo el transporte de heridos mediante un sidecar adaptado para alojar una camilla o incluso dos según mostramos en la foto del párrafo anterior. 

Reseña aparecida en el número de noviembre de
1914 de la revista Popular Mechanics a raíz de
su presentación en unas maniobras celebradas en
Fort Osborne
Pero lo de armarlas con una ametralladora fue idea de un probo canadiense, concretamente un sargento de la milicia nacional por nombre Northover. Este sujeto diseñó en 1908 una plataforma que, unida a una Harley-Davidson, permitía acudir con presteza a cualquier sitio donde fuera necesario aportar potencia de fuego, a bloquear carreteras o a actuar como escolta de columnas de camiones o tropas. Protegido por un escudo, el ametrallador podía abrir fuego bien desde la plataforma o bien instalándola sobre su trípode, el cual llevaban a bordo junto a la dotación de municiones. La idea fue copiada por todos los ejércitos en liza y, al cabo de los cuatro años que duró la escabechina, el uso de la motocicleta se extendió enormemente. Valga como ejemplo que los british (Dios maldiga a Nelson) usaron más de 48.000 motos, principalmente de las firmas BSA, Royal Enfield, Triumph y Phelon and Moore, que además sirvieron en países de la Commonwealth como Canadá y Australia y, por supuesto, sus aliados gabachos (Dios maldiga al enano corso). Los tedescos emplearon sus NSU mientras que los yankees, a pesar de su breve periplo bélico, llegaron a comprar más de 80.000 motos, especialmente de la marca Indian (50.000 unidades) y Harley-Davidson (20.000 unidades). Por cierto, el sargento Northover no llegó a patentar o comercializar la idea, así que hizo el primo de una forma gloriosa. 

También se convirtieron en unos eficientes medios de transporte durante la 2ª Masacre Planetaria los vehículos anfibios, que permitían cruzar caudalosos ríos sin necesidad de mojarse o incluso de ahogarse heroicamente. Todos conocemos los Shwimmwagen o los Ford GPA anfibios, pero si alguien piensa que eso de los híbridos entre automóvil y galeras eran un invento de esa época se equivocan. En junio de 1907, un ingenioso gabacho llamado Jules Julien Ravaillier presentó el que sería uno de los primeros vehículos anfibios ideados para uso militar. El chisme en cuestión podemos verlo a la derecha paseándose como un automóvil normal y corriente, entrando en el agua y navegando bonitamente como los vehículos de este tipo que se vieron en la siguiente guerra. El casco estaba formado por una carrocería estanca de acero montada sobre un chasis de automóvil. Las ruedas eran unos discos de acero rodeados de unas gomas de caucho macizo, actuando como timón el tren delantero al girar el volante, o sea, el mismo sistema de los anfibios de la 2ª Guerra Mundial. La transmisión de cadena que movía el tren trasero podemos verla en la foto superior. Para navegar bastaba con accionar una palanca que derivaba la transmisión a una hélice, desarrollando una velocidad de 35 km/h en seco y 9 km/h en mojado. El motor era un Gontailler de 4 cilindros que generaban una potencia de 20 hp. Además, estaba equipado con un cabestrante y un cable de arrastre para, caso de no poder salir del agua por estar la orilla embarrada, engancharlo a cualquier sitio y tirar de sí mismo. También llevaba a bordo una sirena para hacerse oír bien y por supuesto, unos remos por si se calaba y no había forma de arrancarlo ya que el inventor pudo constatar que bajarse en mitad de un río para empujarlo era asaz complicado y bastante peligroso.

El Waterland I navegando por el río Hudson
Como hemos visto en las fotos, el Ravaillier era totalmente operativo, y las pruebas que se efectuaron en su presentación en Versalles y navegando por el Sena no dejaron lugar a dudas acerca de su buen funcionamiento. Sin embargo como está mandado, los militares dijeron que sí, que muy chulo, pero que aquello no dejaba de ser un mero juguete para hacer el gamba y sorprender a los cuñados, y que carecía totalmente de utilidad militar. Una vez más estuvieron sembrados. O sea, que el canot-voiture-automobile (canoa-coche-automóvil según era denominado en origen) no servía más que para darse paseos fluviales sin necesidad de tener que adquirir un coche y una barca. No obstante, un yankee por nombre George Carter le compró a Ravaillier los derechos para patentarlo en los Estados Unidos, presentando el vehículo con algunas mejoras bajo el nombre de Waterland  I  (Aguatierra), e incluso se patentó otro anfibio con un diseño más propio de un vehículo de uso civil en diciembre de aquel mismo año, pero tuvo menos éxito que un político recitando sin equivocarse la tabla de multiplicar del 1. En fin, otro invento tomado a broma que, como años más tarde se vio, no solo no era un juguete sino una versátil y eficaz máquina bélica. 

En otros casos no hizo falta inventar nada, sino adaptar algo que ya había a las necesidades del momento. Ese fue el caso del chisme que vemos a la derecha, un autobús londinense reformado como palomar. Sí, uno de sus emblemáticos autobuses de dos pisos, concretamente un L.G.O.C (London General Omnibus Company) tipo B, unos vehículos que entraron en servicio en 1911 con una capacidad para 34 probos londinenses sentados y todos los que cupieran de pie. A raíz de la necesidad de vehículos para transporte de tropas se enviaron 900 de estos autobuses al frente, de los cuales se adaptaron una serie de unidades como palomares móviles. Como ya sabemos, estos plumíferos fueron ampliamente utilizados para llevar y traer mensajes. En una época en que las comunicaciones eran un tanto deficientes y no había forma de crear grupos del "wasa" ese o como se llame, pues no quedaba más remedio que emplear palomas mensajeras. Ojo, que las palomas han estado militarizadas hasta hace pocos años. En España en concreto lo estuvieron hasta 2010, dependiendo del arma de Ingenieros su control, censo y tenencia hasta que, finalmente, fueron desmilitarizadas y pasaron a ser un mero divertimento o deporte. Y que nadie piense que las palomas mensajeras estaban más obsoletas que un orinal de loza cartujana, porque para el desembarco de Normandía se dispuso un cuatro de millón de bichos de estos para poder mandar mensajes ya que se ordenó un férreo silencio de radio no fuera que los tedescos interceptaran las emisiones y se descubriera el pastel.

Supongo que muchos recordarán los SdKfz 251 tedescos o los M-3 yankees que fueron tan polivalentes. Bueno, pues también estaban más que inventados por aquellas fechas. Ahí donde lo ven, ese chisme tan raro de la derecha podría haber sido el primer vehículo semi-oruga en servicio. Se trata del tractor Lefebvre que, como no, tampoco tuvo éxito a pesar de ajustarse a lo requerimientos del ejército francés, que buscaba un tractor para artillería conforme a los tiempos modernos, que eso de acarrear de los cañones con tiros de caballos estaba quedándose un poco anticuado. Originariamente estaba concebido para uso agrícola. Su diseñador se inspiró en el Holt, un vehículo sobre orugas yankee, pero la originalidad de Lefebvre radicaba en que, además de las orugas, tenía ruedas en la parte trasera para circular con más facilidad en carretera. Cuando se salía de la misma para moverse campo a través se hacía bajar el sistema de orugas que iban instaladas en un bastidor y que el conductor podía accionar desde su puesto. Para aumentar la tracción en caso de moverse por terrenos sueltos, empinados o enfangados tenía en la parte trasera un cajón para lastre. En julio de 1914 el ejército empezó a considerar su validez como tractor artillero, pero el estallido de la guerra un mes más tarde hizo que este vehículo quedara relegado al olvido cuando, posiblemente, hubiese sido extremadamente útil a la vista de los terrenos en los que se tuvo que mover la artillería. 

Tractor Holt tirando de un obús de 8 pulgadas
Los british fueron más listos, porque nada más estallar la guerra empezaron a estudiar la posibilidad de adquirir precisamente los tractores en que se inspiró Lefebvre, los Holt. Estos vehículos ya habían sido importados a Europa para uso agrícola, concretamente los de 75 hp que habían sido puestos en el mercado en 1913. Estos vehículos, que en su día fueron de los primeros de ese tipo en olvidarse del vapor como fuente motriz, usaban un motor de gasolina que les permitía alcanzar una velocidad de 8 km/h. sin carga y 3 km/h tirando de una pieza de artillería. Los primeros ejemplares fueron suministrados en enero de 1915, y fueron destinados inicialmente a tirar de los obuses de 6 pulgadas y los cañones de 60 libras. 

Un Holt de 75 hp en un campo de pruebas del ejército yankee. Al parecer,
se acorazar uno de estos tractores para usarlo como carro de combate,
pero la idea no prosperó
Como curiosidad extremadamente curiosa para chafar al cuñado odioso, estos tractores eran denominados por las tropas como Cats, pero no porque se parecieran a un gato, sino porque era el acrónimo de Caterpillar Tractors. Al parecer, lo de caterpillar (oruga) surgió de un comentario que hizo un fotógrafo de la empresa al ver como uno de los primeros tractores se abría paso por un terreno accidentado, como si de una oruga se tratase. Al dueño, Benjamin Holt, le hizo gracia el palabro y lo registró en 1910. Unos 2.000 tractores de 75 hp fueron adquiridos por la Royal Artillery durante todo el conflicto, dando excelentes resultados a pesar de que su sistema de cadenas no era precisamente lo más idóneo para circular por carretera. También se compraron 698 unidades de 120 hp para artillería pesada y 63 de 60 hp para artillería ligera y transporte de municiones. Ante el buen resultado obtenido, dos ejemplares de 75 hp fueron enviados a Túnez para ser probados por los gabachos, pero estos se siguieron resistiendo a adoptar este tipo de vehículos. O sea, una gilipollez similar a la de los pantalones rojos. 

Bueno, vale por hoy, que está lloviendo y no quiero perderme el espectáculo, que hace mogollón de tiempo que estamos más resecos que la mojama. Además, es hora de merendar y eso es sagrado, de modo que ya seguiremos.

Hale he dicho

sábado, 6 de enero de 2018

Curiosidades: las selectas raciones de combate de Fortnum & Mason

Grupo de oficiales reunidos en su selecto club "Gentlemens Hole's" deleitándose con un nutritivo desayuno para acometer
la jornada con los bríos necesarios. Aunque puede que muchos piensen lo contrario, la oficialidad británica, tan clasista
y altiva, no disponían de muchas comodidades cuando estaban en primera línea, y sus raciones diarias eran las mismas
que las del resto del personal

Desde que se inventaron las guerras, una de las principales premisas a cumplir por parte de los que toman parte en ellas es que hay que pasar hambre. Una guerra sin hambre es como un tinto de verano sin hielo. Si no se pasa hambre, las tropas pierden su agresividad, se tornan perezosas, les domina la molicie y solo piensan en dormir y vaguear todo el santo día. Es de todos sabido que cuando se tiene el buche lleno de aire el personal es más peligroso que un alacrán con escarlatina, pero si lo tiene lleno de rancho es capaz de rendirse con tal de no mover el culo de la trinchera. El hambre hace que a las tropas les entre prisa por volver a casa a deleitarse con los deleitosos guisos que les preparan sus parientas para, a continuación y a modo de premio por su buena mano con los fogones, darse un restregón como Dios manda. Pero para ello antes hay que ganar la guerra, así que le fórmula es fácil; hambre 𝑥 (mugre + castidad interminable) = ímpetu arrollador. 

Cocinas de campaña británicas durante la guerra de Crimea
Dicho esto, y tras hacer un somero balance de los temas que llevamos tratados a lo largo de estos años, he caído en la cuenta de que aún no hemos hablado nada acerca de la alimentación de los ejércitos modernos. Se han publicado entradas sobre el condumio entre los romanos, pero no sobre tiempos más recientes, así que con esta iniciaremos una serie de entradas dedicadas a las raciones de combate. Al cabo, tan necesario es el pan como las municiones para triturar bonitamente a los enemigos, y tan importante es estar bien pertrechado como alimentado para obtener una victoria razonablemente rápida. Obviamente, la Gran Guerra marcó un antes y un después en lo tocante a la intendencia que, ya en el siglo XIX, empezó a tomar forma tal como la conocemos hoy día. Los ejércitos eran cada vez más numerosos, y las guerras cada vez más largas. 

Transportando el rancho a través de las trincheras en el sector de Arrás
Ya no se trataba de mesnadas de unos cientos de hombres que luchaban durante 40 días al año, tras los cuales volvían al terruño para proseguir al año siguiente, sino de decenas, centenares de miles o incluso millones de hombres que combatían los siete días de la semana durante años e incluso lustros enteros. Como es lógico, los ejércitos modernos no podían subsistir con lo que obtenían sobre el terreno rapiñando todo lo que podían a los atribulados habitantes de las granjas o poblaciones que pillaban a su paso, como se hizo hasta el siglo XVIII aproximadamente, ya que las cantidades de vituallas necesarias eran astronómicas. A modo de ejemplo, un millar de hombres, o sea, los efectivos de un batallón, requerían a diario unos 600 kilos de pan, media tonelada de patatas y unos 350 kilos de carne. A eso, añadir las menudencias como el café o el té, las galletas, la mermelada y la mantequilla o margarina, leche y queso, que se repartían en función de la disponibilidad, más el tabaco y la bebida alcohólica que se consumiera en función de las tradiciones de las tropas: vino entre los gabachos (Dios maldiga al enano corso), ron entre los british (Dios maldiga a Nelson), schnaps entre los tedescos o vodka entre los hijos del padrecito Nikolái Aleksándrovich Románov. Por cierto que no debemos desdeñar el aporte calórico de las bebidas alcohólicas, especialmente las de elevada graduación ya que un litro de vodka contiene unas 2.800 calorías mientras que el ron alcanza nada menos que las 4.000. Es decir, que salvo por el hecho de que el hígado se les convertiría en comida para gatos, un ruso o un british podrían vivir a base de vodka o ron sin problemas.

Cocina de la compañía B del 8 Batallón del Rgto. de Lincolnshire antes de
partir para Francia en septiembre de 1915. Nada más llegar les dieron para
el pelo en Loos: perdió 22 de sus 24 oficiales y el 50% de sus efectivos
en solo dos días
Cuando el Cuerpo Expedicionario británico cruzó el Canal en 1914 pensando que la guerra era una mera aventura emocionante, la dieta reglamentaria les aportaba 4.193 calorías, con lo que quedarían cubiertos de sobra los requerimientos del organismo para funcionar adecuadamente por muchos saltos y carreras que diesen. De hecho, semejante aportación de calorías en hombres que no tuviesen una actividad cotidiana notable los cebaría como gorrinos en pocas semanas pero, como ya podemos imaginar, una cosa era lo que decía el reglamento y otra la posibilidad de suministrar la cantidad de alimentos necesarios para ello. Básicamente, la ración diaria de un british además del café y el té cotidianos constaba de 450 gramos de pan, 450 de carne, 115 de tocino, 250 de vegetales (patatas y legumbres sobre todo), 85 de azúcar, 55 de queso, 170 de mantequilla o margarina y 55 de mermelada. Como es obvio, estas cantidades podían verse dramáticamente reducidas si las cosas se ponían chungas, y del mismo modo podían verse bastante menguadas como castigo o bien aumentadas con alguna golosina si había ocasión o motivo para ello. La ración de ron era de ¼ de pinta (118,3 ml.), pero esta se distribuía a discreción del comandante de la unidad. En cuanto al tabaco, la ración semanal era de dos onzas (56 gramos). Lógicamente, los productos mencionados no eran una regla fija porque era conveniente variar la dieta, así que se cambiaban por alimentos con un aporte calórico similar en función de la disponibilidad de los mismos. 

Gabachas ofreciendo a los british golosinas caseras en Étaples, población
costera cercana al Paso de Calais donde se encontraba el mayor campamento
base de la BEF (British Expeditionary Force)
Bien, así estaban las cosas a inicios de la contienda pero, como ya podemos imaginar, no pasó mucho tiempo antes de que llegara la carestía de determinados alimentos, especialmente el queso, la mantequilla y la carne fresca, teniendo que recurrir al corned beef enlatado que tanta fama ganó. La solución si uno quería aumentar sus tristes raciones radicaba en adquirir las vituallas que los paisanos gabachos de los pueblos situados a la retaguardia les ofrecían o bien comprarlas al ejército francés. Generalmente se podían encontrar alimentos básicos como pan, que costaba 40 céntimos el kilo; té, que salía a 6 francos y 50 céntimos el kilo; mermelada por 1 franco con 10 céntimos el bote o carne de carnero por 2 francos con 25 céntimos el kilo. El cambio estaba en aquella época a razón de 25 francos por libra esterlina.

Varias cocinas de campaña británicas a pleno rendimiento
Lógicamente, la paga de un soldado no daba para muchas florituras gastronómicas. Su paga era de un chelín diario (en 1917 la aumentaron en 3 peniques), por lo que si una libra equivalía según el aberrante, atroz y absurdo sistema monetaria británico de aquella época a 20 chelines, pues un tommie disponía de 1 franco con 25 céntimos para gastar. Bueno, en realidad era un poco menos porque les retenían parte de la paga por conceptos que ya explicaremos detenidamente en mejor ocasión pero, como vemos, aún cobrando la totalidad de la misma no se podía estirar demasiado. Un sargento cobraba 2 chelines y 4 peniques, un teniente 5 chelines, y un mayor 13 chelines y 8 peniques (mientras que una libra equivalía a 20 chelines, un chelín valía 12 peniques. Monstruoso, ¿verdad?). No obstante, era habitual el envío de paquetes de comida por parte de la familia, lo que aliviaba enormemente las penurias bélicas. Leche en polvo, cubitos de caldo, fruta en conserva, latas de mermelada, etc., permitían variar la monótona dieta cuartelera, compensar las penurias del frente y, lógicamente, lo que llegaba de casa solía ser de mejor calidad. Sin embargo, cuando la escasez llegó también a su brumosa isla se complicó la cosa ya que, si apenas les llegaba a ellos, ¿cómo iban a mandar nada al frente? Y ahí es donde unos emprendedores súbditos del gracioso de su majestad empezaron a forrarse gracias una genialidad bastante genial: enviar bajo pedido sus magníficas cestas de excursión al frente. Hablamos de la conocida firma Fortnum & Mason, radicada en Picadilly Circus, en pleno corazón del imperio.

Postal que muestra Picadilly Circus. En el centro, en el edificio que hace
esquina, se ve la tienda de Fortnum & Mason
Esta empresa fue fundada en 1705 por William Fortnum y Hugh Mason y estaba dedicada desde el primer momento a la venta de comestibles selectos destinados a una clientela con un poder adquisitivo alto. Muy alto. Aristócratas, millonarios y, por supuesto, a la realeza, los que acudían a adquirir sus deleitosos tés, especias, conservas y demás virguerías que nadie más que ellos tenían en Londres. En la década de los 30 del siglo XVIII introdujeron unas cestas de mimbre que contenían todo tipo de delikatessen cuyos clientes solían ser excursionistas forrados de pasta gansa, viajeros adinerados que no estaban por la labor de comer cualquier cosa en las fondas donde pernoctaban o, simplemente, gente de postín que se marchaba a pasar unos días a su casa de campo y no querían privarse de nada. En el interior de estas cestas había de todo lo necesario para que los paladares más exigentes quedaran sumamente contentitos: pasteles elaborados con carne de caza, pan de la mejor calidad, mantequilla, mermeladas de todo tipo, frutas criadas en invernaderos para disponer de ellas todo el año, cervezas, vinos y licores selectos y, en fin, cualquier chorradita que les encargasen porque, eso sí, los deseos del cliente eran lo principal, y si tenían que ir a Irán a pescar esturiones para que el lord de turno degustase su exquisito caviar, pues iban. Estas cestas arrasaron entre la alta sociedad, y aún hoy día perduran en un extenso catálogo para ricachones con ganas de apabullar a sus cuñados menos pudientes. Hay una que cuesta la friolera de 1.000 libras, de modo que ya podemos hacernos una idea del contenido.

Catálogo de Fortnum & Mason
de 1914
Fortnum & Mason ya habían hecho sus pinitos en conflictos anteriores. Durante las guerras contra el enano corso (Dios lo maldiga por los siglos de los siglos amén) enviaron grandes cantidades de frutos secos y conservas a la aristocrática oficialidad británica. Recordemos que, en aquella época, los rangos en el ejército se compraban, de modo que solo los miembros de familias pudientes podían optar a mandar a uno de sus retoños al ejército sin ser, naturalmente, un soldado raso. Posteriormente, durante la guerra de Crimea, mandaron cantidades masivas de cubitos de caldo por encargo personal de la reina Victoria con destino a los hospitales de campaña donde la proba Florence Nightingale creaba la enfermería moderna. Pero cuando vieron la oportunidad para forrarse aún más de lo que ya estaban fue a raíz de la Gran Guerra. Estos fulanos eran unos linces, porque para la Navidad de 1914 ya habían distribuido un catálogo en el que los abnegados british podían adquirir todo tipo de artículos para regalarse el paladar, desde latas de conserva de todo lo imaginable a vinos, licores o los tabacos más selectos. Si tenemos en cuenta que la guerra empezó en agosto, ya se dieron prisa, ¿no?

El catálogo era simple y llanamente asombroso. Se podía encontrar de todo. Casi 40 páginas de chorraditas capaces de hacer perder la chaveta a cualquier cuñado hambriento y sediento. Un ejemplo: solo de galletas de agua ofrecían SESENTA Y DOS, sí, 62 variedades distintas. Esas galletas, para los que las desconozcan, se suelen usar para untar patés y cosas por el estilo. Además de eso, tés de las más diversas procedencias y mezclas, cafés de trece tipos, frutas glaseadas, maceradas en licor, tabaco turco, egipcio, virginiano, cubano, aceitunas españolas, tropocientos tipos de chocolates, licores, champagnes, vinos de Jerez e incluso combinados ya previamente preparados... ¡Ah!, y sopa de tortuga, como no. En fin, la archidescojonación. Pero, ojo, los surtidos no solo podían ser de lujo, sino también de productos más asequibles para bolsillos menos llenos de money. Los que vemos en la imagen superior costaban solo una libra, y en vez de tantas chorradas contenían cosas más corrientes y, al mismo tiempo, más necesarias para la penosa vida en las trincheras como caramelos, leche condensada, chocolate, queso, tubos de vaselina, cepillos de dientes, calcetines de lana, linternas a pilas, cordones para las botas y cosas así.

La idea tuvo tanto éxito que la firma decidió aumentar su oferta de productos creando un "Catálogo de Guerra" de casi 70 páginas en el que, además de provisiones, se podía comprar cualquier objeto de uso militar o personal, desde un uniforme a un correaje pasando por prismáticos, calzado, sábanas, ropa interior, paraguas, artículos de aseo, cerillas, corta-uñas y tropocientos chismes más. Por cierto, en su surtido de jamones incluían "spanish highly flavoured" por un precio de 2 chelines y 6 peniques la libra, un importe el doble de caro que el resto de la lista. Obviamente, el mejor jamón del mundo hay que pagarlo, qué carajo... Pero lo más peculiar eran las diversas formas en que podían adquirirse estos lotes.  En la imagen superior tenemos una de ellas, que consistía en paquetes con determinados surtidos que salían bastante módicos, oscilando desde los 15 chelines a una libra y un chelín. En la parte inferior de la relación de cada surtido figura el importe con los gastos de envío incluidos dependiendo si era a Francia o a Egipto o Turquía. Estos surtidos consistían principalmente en productos más corrientes, como salchichas, leche condensada, caramelos, budines, bizcochos, té, chocolate, queso, etc.

Pero también había otros más sencillos en plan, digamos, más unipersonal que eran nombrados por los meses del año. Como vemos, salen todos por el mismo precio, 15 chelines, por lo que un simple teniente podría comprarse una de esas cajas con la paga de dos días y medio, que tampoco es para echarse las manos a la cabeza. Por enumerar el contenido de una de ellas para los que desconozcan la abominable lengua de los anglosajones, veamos qué venía dentro de la caja "Febrero", todo a razón de una lata por producto: tubos de consomé, langosta, chuletas de cordero con tomate, pudin de ciruelas, crema inglesa, cerezas con sirope, bizcochos surtidos, sardinas,chocholate, caramelos de limón y café con leche. Un almuerzo regio que, obviamente, era una utopía en las trincheras. Estos paquetes tardaban entre cuatro y cinco días en llegar a destino, y solo aumentaban el precio en poco más de un chelín. No obstante, no se distribuían a las tropas de primera línea, así que quedaban a la espera de que sus destinatarios fueran relevados para efectuar su entrega.

Otro acierto de la Fortnum & Mason fue la creación de paquetes destinados a los prisioneros de guerra que languidecían en la tenebrosa Germania por volver a ver  de nuevo la brumosa Albión. Estos envíos se hacían llegar a través de la Cruz Roja. Se trataba de paquetes que contenían productos más básicos para hacer la vida mas llevadera a los POW. No obstante, había uno más costoso por si el prisionero era un mandamás que no estaba por trasegar sopa de nabos a todas horas. Por lo tanto, había para todos los bolsillos, desde surtidos muy suntuosos que costaban una libra a los que vemos en la página de la izquierda, que salían por 4 chelines y 6 peniques. En este caso se trataba de alimentos básicos como latas de carne, de sardinas, leche condensada, chocolate, mermelada y lo que llaman bollos escoceses, un bizcocho sustituto del pan ya que, ante la demora que sufrían estos envíos, que podía ser incluso de tres semanas, llegaría a destino duro como un cuerno. Cada bollo pesaba 2 libras, costaba un chelín y 9 peniques y se fabricaban de forma que los envolvía una gruesa corteza que los mantenía frescos durante varias semanas.


Por último, el fastuoso catálogo alimentario ofrecía unas cajas con provisiones para seis u ocho oficiales con las que podían ponerse como el quico durante una semana y que vemos en la página derecha de la foto anterior. No deja de ser curioso que en el catálogo las menciona así, como específicamente concebidas para oficiales, lo que no deja de ser un claro testimonio de lo que es una sociedad clasista hasta la médula. Obviamente, su precio no estaba al alcance de todos los bolsillos, pero siempre podían juntarse el sargento Williamson y sus muchachos para pagarla a escote, digo yo... En todo caso, la presentación del producto era, como no, digno del contenido ya que los envíos se realizaban en una caja provista de candado y su correspondiente llave, que en el frente había mogollón de chorizos. Cada caja pesaba nada menos que 25 kilos, y en este caso no cobraban gastos de envío. Es evidente que por 3 libras, 7 chelines y 6 peniques que cobraban no iban a ser tan cicateros, porque hablamos de la paga de tres días de todo un coronel. Ojo, esas eran las más baratas. La caja más cara costaba 5 libras, 16 chelines y 6 peniques, e incluía incluso polvos insecticidas para despiojarse adecuadamente antes se sentarse a la mesa, jabón y loción repelente de insectos para no llenarse de piojos mientras estaban en la mesa y papel higiénico para largarse contentito a la letrina tras dejar la mesa.  Ah, también incluían velas especiales y cerillas de seguridad para darle ambiente a la mesa. Las cosas como son: son una raza de piratas y bellacos, pero cuidan el detalle al máximo. De hecho, hasta ofrecían una caja con servicio de mesa para siete oficiales que podemos ver en la foto superior. Además de la vajilla y la cubertería incluía una sartén, sacacorchos, abrebotellas, un par de linternas plegables por si había que salir echando leches de repente, siete jarras de una pinta de capacidad para ponerse ciegos de zumo de cebada, dos paquetes de velas con sus cerillas, dos paños para abrillantar la cristalería e incluso una bolsa cilíndrica de cuero para guardar la vajilla. El material se enviaba en una sólida caja de madera reforzada con refuerzos de hierro en las esquinas. 


Y como el negocio bélico iba viento en popa, pues incluso idearon lotes fuera de catálogo para que la familia obsequiara a sus seres queridos que se morían de asco en el frente incubando pie de trinchera, neumonías y neurosis de combate. A la derecha vemos la oferta navideña que se editó en The Times en noviembre de 1917 ofreciendo "lotes navideños de 30 chelines", o sea, una libra y media, más un chelín por los gastos de envío y un seguro por si un U-Boot tedesco mandaba a pique el barco donde viajaba el paquete. El surtido navideño no contenía mantecados y alfajores, naturalmente. Según la lista vemos que constaba de sopa de tortuga, filetes de salmón, urogallo asado (!¡), pavo asado, paté de jamón (de york, por supuesto), guisantes, judías verdes, pudin de Navidad, salsa de brandy y guindas maceradas en brandy. He señalado con signo de admiración lo del urogallo porque la temporada de caza de esos plumíferos se había abierto unos días antes, y estos fulanos ya disponían de ellos para los pedidos que, por cierto, se cerraban el 14 de diciembre. 


Lady Angela Forbes (1876-1950)
En fin, como hemos visto las cajas de Fortnum & Mason aportaron su granito de arena para elevar la moral del personal. Entre tanta miseria, muerte y apocalípsis artillero diario, tener en el refugio a buen recaudo una lata de alguna delicadeza gastronómica siempre era un acicate aunque, por desgracia, la metralla no sabía de eso. En todo caso, no deja de ser admirable el espíritu emprendedor que mostró esta centenaria firma para, aparte de forrarse con sus catálogos de guerra, dejar claro tanto a amigos como enemigos que en ese sentido estaban varios grados por encima de ellos. Sí, debo reconocerlo a pesar de mi proverbial abominación contra los british porque ni a los gabachos ni a los tedescos se les ocurrió nada por el estilo. Como colofón y a modo de curiosidad curiosa por si lo narrado no les basta para apabullar a sus cuñados, añadir que la Fortnum & Mason fueron los primeros en suministrar víveres para la primera "Cantina para Soldados Británicos" creada el 14 de noviembre de 1914 por lady Angela Forbes en Boulogne y, posteriormente, en Étaples. Esta dama, noble tanto de linaje como de espíritu, se desplazó a Francia como muchas mujeres de todas las clases sociales para ayudar a las tropas como enfermeras. 


Lady Angela en una de las cantinas en 1916
Al desembarcar en Boulogne vio como ingentes cantidades de tommies heridos esperaban durante horas sin que nadie les facilitara comida ni bebida, así que salió echando leches de vuelta a Londres, donde se gastó 8 libras en víveres para aliviar a sus dolientes paisanos. Llegaba a servir 4.000 bocadillos y 1.500 huevos fritos al día, muchas veces contando solo con la ayuda de un asistente y una cría francesa que iba metiendo los huevos en pan a medida que lady Angela los freía. Por cierto que en septiembre de 1917 y a raíz de un altercado en un campo de entrenamiento que se estaba construyendo en Étaples, el imbécil del general Haig, que alguna vez lo hemos mencionado por estos lares, la acusó de ser la causante y ordenó que fuera expulsada de Francia. La excusa solo podía ser digna de un memo integral como Haig ya que afirmó que su conducta era indecorosa porque alguien la escuchó decir "maldita sea" y, el colmo de la falta de decoro, se había lavado el pelo en la cantina. En fin, para mear y no echar gota. La cosa es que el cantamañanas incompetente de Haig tenía atravesada a esta buena mujer porque, simplemente, pasaba de sus paranoias ordenancistas y se la tenía jurada.


En fin, así fue la historia de las suculentas raciones de combate de Fortnum & Mason. Como ya comentamos al principio, esta empresa sigue ofreciendo en su tienda de Picadilly sus delicadezas gatronómicas incluyendo sus famosas cestas de picnic que, por cierto, son chulísimas de la muerte, las cuales siguen enviando también a cualquier escenario bélico como Afganistán o Irak. 

Bueno, ya seguiremos...

Hale, he dicho



Los que no tenían pasta para las selectas cajas de Fortnum & Mason se tenían que conformar con lo que pillaban, como
estos dos british intentado asar dos gansos canijos para la cena navideña de 1914