domingo, 15 de abril de 2018

Cine histórico: EL OFICIO DE LAS ARMAS




Esta película creo que ha pasado bastante desapercibida para la mayoría del público. Se trata de una producción italiana dirigida en 2001 por Ermanno Olmi que, las cosas como son, ha cuidado bastante el rigor histórico, el atrezzo, la ambientación y, especialmente, los diálogos, a los que se les ha dado un vocabulario que recrea bastante acertadamente la forma de hablar de la época. Se hace un poco lenta en algunos momentos y, más que una película bélica, diría que pretende más bien hacer un retrato de una época en que los fieros guerreros medievales quedaron relegados ante los avances de las nuevas armas durante el Renacimiento. Básicamente, narra el avance de las tropas imperiales al mando de Georg von Frundsberg hacia el interior de Italia, y los intentos por parte de Giovanni de Médicis, condottiero al servicio del papa, por detenerlos. 

La fotografía se me antoja impecable, con escenas muy cuidadas que parecen sacadas de un cuadro de Giotto o Ucello

Pero a pesar de su esmerada producción, tiene una serie de pequeños errores que, en mi inveterada manía por el perfeccionismo, quisiera hacer constar. Vamos a ello...

Los personajes principales 

Giovanni de Médicis, también conocido como della Bande Nere a raíz de portar en su insignia una banda negra en señal de luto tras la muerte del papa León X, pariente suyo. Es de los personajes mejor retratados en la película (incluso el actor que lo representa, Hristo Jivkov, tiene bastante parecido con el personaje real). Desde muy joven mostró un temperamento fiero y desmedido, hasta el extremo de que Maquiavelo lo describió como el único capaz de detener a Carlos I de España en sus deseos de apoderarse de Italia. Su muerte, producida por una gangrena gaseosa a raíz de una herida recibida en una pierna por un disparo de falconete, no fue al parecer tan serena como muestra la película, en la que lo veremos con el rostro impasible sujetando él mismo un candelabro para dar luz al cirujano mientras éste el amputa la pierna. Por el contrario, según su íntimo amigo Pietro Aretino, que estaba presente, hicieron falta diez hombres para sujetarlo. La gangrena gaseosa, muy habitual en las heridas de guerra, es un proceso increíblemente rápido que se presenta en dos o tres días, produciendo una septicemia mortal si no se trata rápidamente. A nuestro hombre tardó seis días en llevárselo por delante. Murió con 28 años, edad que se asimila bastante a la apariencia del actor que lo representa.

Pietro Aretino, ilustre poeta lujurioso y muy amigo de Médicis, estuvo a su servicio hasta 1523, o sea, que no pinta nada haciendo compañía y como amanuense al fiero condottiero en sus andanzas. En la época en que transcurre la acción, Aretino tenía sólo 34 años, lo que se aleja bastante del aspecto que ofrece el actor que lo representa. Llevó una vida bastante agitada el hombre, a saltos entre Roma y Venecia por sus desavenencias con el papa. Murió en 1556, con 58 años, una edad que para aquellos tiempos no se podía considerar palmarla joven con la vida tan desordenada que llevaban estos probos renacentistas y más este, que con tanto fornicio tendría en las partes pudendas más millones de gonococos que pelos en la pelliza que viste. En cualquier caso, no deja de resultar un poco chocante que en una película tan cuidada hayan incluido a un personaje histórico cuya vida se conoce sobradamente, por lo que rechina que lo incluyeran en la misma.

Todo lo contrario ocurre con Federico de Gonzaga, marqués de Mantua. Sergio Grammatico, el actor que los representa, no solo tiene un parecido asombroso al real, sino que hasta le buscaron un chucho faldero similar al que aparece en el retrato que le hizo Tiziano, de quien fue mecenas y protector por ser, como buen producto de su época, un afanoso apasionado de las artes. En lo tocante a sus actos de gobierno, este lo tuvo claro: desde el primer momento se puso de parte del emperador, que era el que cortaba el bacalao, dándole varias higas tanto los cabreos del Médicis como el papa. Su fidelidad a Carlos I le valió engrandecer el rango de su título al de ducado, siendo así el primer duque de Mantua. No pasó de los 40 años a causa de un sifilazo de garabatillo, lo que no le impidió engendrar nada menos de siete retoños a su mujer, Margarita Paleólogo, marquesa de Monferrato y perteneciente a la casa imperial bizantina. En fin, que no perdió el tiempo.

Georg von Frundsberg, que en la película conduce un ejército camino de Roma para unirse a la hueste imperial y a quien intenta cortar el paso, sin éxito, Giovanni de Médicis. Se trataba de un noble alemán fidelísimo a la persona de Carlos I hasta el extremo de que el ejército de 18.000 lansquenetes con que cruzó los Alpes para internarse en Italia lo pagó de su bolsillo, vendiendo y pignorando sus bienes y hasta las joyas de su mujer. En la época de la acción tenía 53 años. Su indumentaria no casa con la que suele mostrar en los retratos que hay de este personaje, tocado siempre con un yelmo parecido a una galea romana en vez de con un morrión, y con una banda roja cruzándole el pecho como distintivo de su lealtad a la corona. Lo más significativo, ya que no abre el pico en toda la película, es el cordón dorado que porta en la silla de montar para ahorcar al papa si lograba echarle el guante. Al parecer, con lo que intentaría finiquitar al pontífice era con una cadena de oro que siempre llevaba al cuello, si bien parece ser que esto es más bien una leyenda. A mi modo de ver, un militar al servicio de un monarca notoriamente católico como Carlos I no cometería esa "falta de delicadeza" con su señor, a pesar de ser un fanático luterano. También parece ser que fue él mismo el que disparó el falconete que hirió a Médicis, acertándole al segundo disparo. Lo que no se menciona en la película es que fueron sus tropas, faltas de paga, las que se amotinaron al llegar a Roma, meses más tarde, dando lugar al tristemente célebre Saco de Roma, en 1527. Con la salud bastante quebrada, murió en 1528. Por cierto, el estandarte que porta el abanderado que se ve en la foto muestra fielmente el que realmente usaba este personaje. Ah, y una curiosidad más: la 10ª SS Panzerdivision, creada en 1943, fue bautizada como "Frundsberg" en honor a este personaje.
Alfonso d'Este, duque de Ferrara. En la película vemos a un astuto y taimado anciano que se muestra un tanto ambiguo a la hora de tomar partido. Sin embargo, no era tan anciano ni tan ambiguo ni tan calvo, ya que en esa época tenía 52 años solamente, bastante más pelo, y tomó parte activa en la expedición de Carlos I contra el papado poniéndose de parte del emperador, que para eso su madre era española, Leonor de Aragón. Lo que sí aparece en la película con bastante fidelidad es el préstamo que hace a von Frundsberg de dos (en la peli dicen que cuatro) falconetes, que por cierto le vinieron de perlas al tedesco porque su ejército iba totalmente desprovisto de artillería. Palmó en 1534 con 58 tacos, seis años más tarde del deceso del desmedido Médicis.

Las escenas de batalla, así como las marchas y la vida en los campamentos están muy bien ambientadas aunque no veremos
grandes movimientos de masas, supongo que por meras cuestiones de presupuesto. No obstante, las escaramuzas y los
breves pero intensos combates que presentan se llevan a cabo con bastante realismo.
En cuanto a las recreaciones de las cortes de los nobles italianos, el mobiliario y demás detalles, a mi modo de ver son francamente correctos, sin los artificios y lujos excesivos que se suelen mostrar y que nos hacen creer que los palacios renacentistas eran poco menos que sacados de "Las Mil y Una Noches". De hecho, en una escena la mujer de Médicis le escribe una carta solicitándole algo de dinero para poner reponer la ropa blanca de la casa. Los reyes y los papas, como ya sabemos, no eran especialmente puntuales a la hora de mandar el importe de las nóminas al personal.

Recreación de la morada de Giovanni de Médicis con los criados de la casa

Y algún gazapillo, que no se diga...

El falconete. La película muestra con gran detalle como extraen del molde la pieza recién fundida. Pero aparece con el ánima ya terminada, cuando en realidad éstas eran barrenadas posteriormente, ya que las piezas salían del molde completamente macizas. Se supone que cuando la sacan del molde lleva ya varias horas enfriándose, porque recién fundida no hay quien la toque y, menos aún, la intente cargar para dispararla. En cuanto a los proyectiles, nos muestran como los funden en plomo, cuando en realidad los fabricaban de hierro. Finalmente, el sofisticado sistema de bloqueo de la alcuza me da la impresión de que es muy posterior. En el siglo XVI, y durante mucho tiempo después, el bloqueo de la misma se realizaba con una cuña que pasaba de lado a lado la culata de la pieza. Con todo, las escenas de fundición y prueba del arma resultan bastante convincentes, las cosas como son.


En todo caso, en esta película se han molestado en no inventar más que lo imprescindible, que es bien poco, y más si la comparamos con otras tantas donde inventan y tergiversan hasta el infinito y más allá. Ah, lo olvidaba... Ahí tenemos un fotograma del falconete que hiere a Médicis en acción, el cual no se mueve ni un milímetro cuando es disparado. Podrían haberse simulado un poco de retroceso, digo yo...


En fin, es una película que, aunque puede que a algunos le resulte un poco lenta, a mi entender se trata de un producto más que digno, contando una historia verídica con bastante realismo y haciendo un fiel retrato tanto de los personajes como del ambiente político de la época en una Italia dividida en tropocientos estados donde la nobleza intentaba constantemente nadar y guardar la ropa para salir airosos de las disputas entre las grandes monarquías europeas, especialmente España y Francia, y del pontificado. Merece varios paquetes de palomitas, qué carajo. Ah, y no se la mencionen a sus cuñados, puede que aprendan algo útil y lo usen en su contra.

Bueno, me parece que no me he dejado nada atrás, y si me lo he dejado, pues ya lo contaré otro día. 

Hale, he dicho

Solo por su cuidada ambientación en lo tocante a la cosa militar ya merece la pena verla. Nada de armaduras de cuero
ni armamento anacrónico. Todo resulta bastante correcto, diferenciando incluso el tipo de armas usadas por los tedescos
y los italianos, lo que siempre es de agradecer. Incluso cuando entran en combate se cierran los visores de los yelmos en
vez de dejar el careto a la vista como vimos en "El Reino de los Cielos"

lunes, 9 de abril de 2018

Cine histórico: IRONCLAD


Bueno, dilectos lectores, prosigo re-editando las entradas sobre cine histórico felizmente rescatadas de las profundas y procelosas profundidades de un disco externo. Esta que va a leer a continuación fue la primera de la serie y se publicó en julio de 2011 (carajo, como pasa el tiempo, etc...). No he actualizado el texto que, lógicamente, se verá un poco desfasado por razones obvias. De hecho, esta película la vi en versión original, antes de que se estrenara en España, y de ahí poner su título real, "Ironclad". Los gazapos y errores históricos son clamorosos, pero es una buena peli para ponerse hasta las cejas de palomitas y zumo de cebada a -2º porque, las cosas como son, las escenas de masacres son muy buenas, con sangre de esa que salpica a la lente de la cámara y mucha víscera desparramada. En fin, una cinta de entretenimiento que no debemos tomar como histórica más que en el hecho de que transcurre durante el reinado del taimado Juan Sin Tierra. Bueno, ahí la tienen, juzguen vuecedes mismos. Ah, por cierto, se hizo posteriormente una segunda parte que intenté ver entera, pero a los diez minutos me sobrevinieron unas terribles arcadas ante la cutrez del producto, así que la mandé a paseo.

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No creo haber comentado anteriormente que me encanta el cine. Soy de esos especímenes capaces de pasar un domingo entero con el culo pegado a la butaca (del sofá, no del cine, establecimientos estos que no piso hace años y años porque me producen jaqueca) viendo pelis. Y, como ya podrá suponerse, siento especial predilección por el cine histórico. 

Se han hecho cientos de películas históricas, la mayoría, por desgracia, poco o nada fieles a la realidad en todos los aspectos. Sin embargo, hoy día parece que hay una nueva corriente que está por la labor de, "licencias históricas" aparte, contarnos lo que sucedió con más verosimilitud y con unos atrezzos más fieles a la realidad de la época. Hoy día vemos casi infantiles películas como "Ivanhoe" (1952), dirigida por Thorpe, o la inolvidable "Robin Hood" protagonizada por Errol Flynn en 1938, y bastante alejadas del como era en realidad aquella Europa oscura, dominada por la ignorancia, el miedo y la guerra. 

No voy a hacer críticas cinematográficas por dos motivos: uno, porque ya hay tropocientas páginas que se dedican a eso. Y dos, porque las críticas a nivel interpretativo siempre me han sido indiferentes. Una película puede gustar o no y punto, diga lo que diga el crítico de turno, generalmente untado por la productora. Películas que son verdaderos monumentos a la mentira histórica han sido récords de taquilla, y otras mucho más fieles a los hechos prácticamente han pasado desapercibidas. Por lo tanto, estas entradas irán destinadas a contrastar la fidelidad histórica y ambiental de determinadas películas, independientemente de que sus interpretaciones sean buenas o no.

Inicio pues esta serie de entradas con una peli que vi ayer en V.O. porque aún no está en la red doblada al español. Puede verse subtitulada, pero se ve que el políglota que lo hizo recurrió al Worldlingo sin más. Se trata, como indico en el título de la entrada, de "Ironclad", que puede traducirse como Ropa de hierro. Alguien la ha rebautizado como "Templario" al español, no sé por qué, siguiendo la inveterada costumbre de cambiar los títulos originales por otros que no tienen nada que ver. 

El subtítulo ya nos indica que no se han cortado un pelo a la hora de hacer gasto en plasma sanguíneo: Blood will run (Va a correr la sangre). Y, ciertamente, corre en abundancia. En esta cinta no veremos espadas salir del cuerpo del enemigo limpias de hematíes. De hecho, sus escenas son de una crudeza poco o nada vistas hasta ahora en este tipo de películas. Me recordaron a las cruentas imágenes de la Biblia Maciejowski, en la que deben haberse inspirado a base de bien (en los créditos iniciales aparecen varias ilustraciones de dicha obra), con miembros cortados y hombres partidos en dos de un espadazo. De hecho, hasta aparece un tipo de chafarote que solo conocemos por la biblia en cuestión.

La película narra el asedio sufrido por el castillo de Rochester, en Kent, a manos del ejército de Juan I de Inglaterra, más conocido como Juan Sin Tierra, proverbial malvado en todas y cada una de las películas en las que aparece este personaje. Este asedio tuvo lugar en 1215 como consecuencia de la revuelta de los barones contra este monarca que, cabreado el hombre al ver cercenados muchos de sus regios privilegios por la firma de la Carta Magna, se empeñó en meterlos en cintura. La fidelidad histórica es bastante aceptable salvo en algunos episodios que luego detallaré pero, si algo me sorprendió de esta película, fue el minucioso seguimiento que han hecho del asedio, en algunos casos llegando a detalles sorprendentes si tenemos en cuenta que los guionistas suelen reescribir la historia como les da la gana para "mejorar" el relato con meros fines mercantilistas. 

Salvo en la forma "abreviada" de contarlo, ya que el asedio duró siete semanas, cada episodio del mismo está bastante bien reflejado. Se usaron cinco ingenios, si bien en la cinta aparecen solo cuatro: tres fundíbulos y una torre de asalto. Se minó la torre del homenaje del castillo, para lo cual se recurrió a la grasa de 40 cerdos. Curioso, pero totalmente cierto. El 25 de noviembre de 1215, el rey Juan envió un mensaje a sus prebostes para que le fueran enviados 40 gorrinos bien gordos, tanto para alimentar a su gente como para, con su grasa, hacer arder el entibado de la mina con más fuerza. 

Las diferentes fases del asedio están bastante bien reflejadas. El asalto, el intento por parte de los asaltantes de abrir las puertas, las crudelísimas escenas de combate sin piedad, la resistencia a ultranza dentro de la torre hasta que esta cae por efecto del minado... en definitiva, si alguien quiere tener una idea clara de como era este tipo de combates, en esa película podrá ilustrarse largo y tendido. 

Las incorrecciones: 

La Orden del Temple no intervino en la revuelta de los barones. Al inicio de la trama, como supongo que tenían que buscarle "sitio" al protagonista, los incluyen en las tropas de los veinticinco barones que obligaron al rey Juan a firmar la Carta Magna. De hecho, la controvertida orden estaba muy vinculada con la corona, especialmente con el hermano y antecesor de Juan I, Ricardo Corazón de León. 

El ejército del rey Juan aparece como una mesnada de daneses a sueldo. Que yo sepa, el asedio se llevó a cabo con tropas regias. 

La guarnición es de apenas 20 hombres. Nada de eso, eran alrededor de un centenar. 

El ejército del rey se retira con la aparición de una hueste procedente de Francia. Falso, el castillo se rindió por hambre tras siete semanas de duro asedio. El edificio quedó bastante averiado tras el cerco (a Enrique III, hijo y sucesor de Juan I, le costó 1.000 libras esterlinas repararlo, una fortuna en aquella época), por lo que pudo ser ocupado sin más cuando, un año más tarde, sí hizo aparición un ejército al mando del delfín de Francia. 

William de Albany, comandante de la guarnición, muere tras serle cortados pies y manos y lanzado luego contra la muralla con un fundíbulo (véase Guerra Psicológica). Falso. William d'Aubigny,o D'Aubeney, o d'Albini, lord de Belvoir, fue apresado tras el cerco. Estuvo a punto de ser ahorcado, pero uno de los comandantes del ejército del rey Juan lo convenció para que no lo matara. Tras la muerte del rey fue rehabilitado y murió 20 años más tarde, el 1 de mayo de 1236. 

Reginald de Cornhill, condestable de Rochester, se suicida antes de terminar el cerco. No tengo constancia de su final. Cornhill no era un noble, sino un mero funcionario que había ostentado anteriormente el cargo de sheriff en Kent y Surrey. En la época en que transcurre la película era, como digo, condestable de Rochester, castillo este cuya tenencia ostentaba el arzobispo de Canterbury, Stephen Langton. 

Thomas Marshall, el templario protagonista que, encima, se lía con la mujer de Cornhill, la cual no se llamaba Isabella como aparece en la película, sino Maud. Este personaje, como ya se puede suponer, es ficticio. Está de moda meter un templario hasta en la sopa, y más si es un templario que renuncia a sus votos para enredarse con una chica mona. No fue, junto al supuesto escudero de lord Belvoir, los únicos que quedaron vivos. No se conoce exactamente cuantos miembros de la guarnición sobrevivieron, pero sí se sabe que la intención del rey Juan fue ahorcarlos a todos como escarmiento, cosa que le quitó de la cabeza Savaury de Mauléon, vizconde de Thouars, un gabacho al servicio de la corona inglesa. Por otro lado, al final de la película el arzobispo "libera" de sus votos a nuestro hombre para que pudiera liarse con la viuda de Cornhill. Eso es una chorrada monumental ya que los templarios, como cualquier otro miembro de una orden militar, solo podía largarse dando cuenta a su maestre, no a un clérigo normal y corriente por muy obispo que fuera.

El armamento que aparece es bastante fiel a la época. Solo el mandoble que esgrime el templario está fuera de contexto. Ese tipo de espadas aún no se habían creado en el siglo XIII. Eso sí, mola mogollón. 

Daneses pintados de azul. Que yo sepa, esta costumbre era propia de los pueblos celtas. Los daneses no de pintaban de ningún color. Si alguien sabe algo al respecto, que lo diga. 

Bueno, amantes de las batallitas, no se la pierdan. Ahí dejo una imagen del castillo de Rochester, el que aparece en la peli.

Hale, he dicho




martes, 3 de abril de 2018

Cine histórico: BRAVEHEART

¡Aleluya, aleluya, hijos míos! ¡Han aparecido! Como ya he comentado más de una vez, las entradas que hace años se publicaron sobre la infamante tergiversación y la interminable lista de anacronismos y errores de todo tipo que se ven en las películas "históricas" habían desaparecido del blog. Bueno, pues las he encontrado en las procelosas profundidades de un disco externo, así que las republico porque, francamente, creo que merecen la pena, entre otras cosas porque son una preclara muestra de los vapuleos a los que los directores y guionistas someten a la verdadera historia. Aparte de eso, y siempre velando por la supremacía cultural sobre la familia política de mis queridos lectores, les vendrán de muerte para rescatar el viejo CD y ver de nuevo la peli en cuestión en compañía de ese odioso cuñado que en su momento nos dio una murga tremenda acerca de las excelencias del producto. Bueno, ahí va una de las primeras que se publicaron, nada menos que en agosto de 2011, por lo que podemos decir que es cuasi una pieza de museo. Carajo, casi siete años ya... Me desmorona ver como pasa el tiempo, el más cruel e inexorable enemigo del hombre, juro a Cristo. Bueno, no me enrollo más. Añadir solo que, lógicamente, ya iré publicando las restantes. Bueno, no me enrollo más. Al grano...

"Su pasión cautivó a una mujer", dicen en el póster de la película. Si se refiere
a Isabel de Francia, me temo que Wallace fue un pederasta de cuidado, como
a continuación veremos


Esta aclamada cinta, que ganó cinco Oscars incluido el de Mejor Película, se preocupó más de la ambientación que del rigor histórico. En lo referente a lo primero, las cosas como son, se lucieron a base de bien salvo algunas chorraditas. El armamento y los despliegues de masas son bastante convincentes, así como las sangrientas escenas de lucha que, como es lógico, son más fieles a la realidad que otras en las que la gente cae como moscas sin que se vea una gota de sangre. Sin embargo, en el rigor de la historia tal como fue se buscó, como está mandado, el tema mercantilista. Y no sé por qué, ya que el personaje y su época da de sobra para una película épica sin necesidad de meter gazapos absurdos. Pero, como siempre, el poderoso caballero que es Don Dinero corta el bacalao y, además, a los yankees les debe privar eso de manipular la historia para que aparezca tal como a ellos les hubiera gustado que fuera, en vez de mostrarla como fue en realidad. Bueno, al tema...

William Wallace

Estatua de William Wallace en Aberdeen. Ese sería su aspecto real, muy
alejado del heroico andrajoso que aparece en la película
En realidad, se sabe muy poco sobre la vida de este personaje antes de su aparición en escena a raíz de los intentos por parte de los escoceses de mandar a su casa a los ingleses. Escocia había sido un reino independiente que Inglaterra deseó anexionarse constantemente, cosa que también ocurrió con Gales e Irlanda. En cualquier caso, sí es cierto que Wallace, posiblemente perteneciente a la baja nobleza escocesa y hombre con seguridad dotado de gran carisma y habilidad innata como estratega, le dio bastante guerra a Eduardo I de Inglaterra. Al parecer, fue educado en un monasterio, lo que le permitió tener un nivel cultural superior a los hombres de su tiempo. No se conoce con certeza su fecha de nacimiento, pero en la batalla de Stirling Bridge (1297) (la primera que aparece en la cinta), debía tener menos de 30 años. Por cierto que el parecido de la batalla real con el que nos muestra la película es pura coincidencia, lo que por otro lado tampoco debe sorprendernos.

Batalla del puente de Stirling, librada el 11 de septiembre de 1297
Su rebelión comenzó, tal como aparece en la película, con el asesinato del sheriff de Lanark, William Heselrig, en 1297. Las causas que le llevaron a cometer tales actos no tuvieron nada que ver con la muerte de su amada Murron, personaje ficticio sin nada que ver con la realidad. Al parecer, Wallace mantuvo un altercado con el sheriff, quizás por el despotismo que los ingleses solían mostrar contra los lugareños, y en respuesta al mismo Wallace reunió a varios de los suyos y acabó con la vida de Heselrig. Tras su captura, fue ejecutado en agosto de 1305 tal como vemos en la cinta, siguiendo la norma que se seguía con los reos de alta traición y que era un verdadero alarde del sadismo más rebuscado: colgado del cuello sin que se le rompiera el cuello para prolongar la asfixia, castrado, destripado y, finalmente, decapitado. Luego, su cuerpo fue cuarteado y cada trozo enviado a los diferentes lugares en que intervino. Su cabeza fue expuesta en el puente de Londres, clavada en una pica, como escarmiento.

Eduardo I de Inglaterra, conocido como Longshanks 


En la época de la acción de la película contaba con 58 años. Su reinado fue bastante turbulento, viéndose comprometido en constantes problemas de tipo político y militar, a pesar de lo cual incluso tuvo tiempo de irse a las Cruzadas en 1268 aún teniendo el tesoro regio con telarañas. No murió, como aparece en la peli, justo cuando ejecutaban a Wallace (eso de palmar a dúo ambos enemigos queda molón, pero es falso). De hecho, sobrevivió al escocés algo más de dos años, falleciendo de disentería en julio de 1307 (contaba 68 años de edad, lo que no está nada mal para la época) mientras andaba a la gresca con Robert Bruce, al que no pudo meter en cintura a pesar de su empeño.




Eduardo, príncipe de Gales y luego Eduardo II de Inglaterra 

Este personaje, único varón superviviente de la extensa progenie de Eduardo I, aparece perfectamente reflejado en la película. Era homosexual hasta la médula, hasta el extremo de hacer valido suyo, cuando alcanzó la corona, a su amante Hugo Le Despenser, el cual hizo y deshizo a su antojo y favoreció a los suyos como quiso con el beneplácito de su amante y rey. Sin embargo, el guionista se debió dejar el libro de historia junto al inodoro el día que escribió la trama, porque Eduardo no se casó hasta enero de 1308, o sea, nada menos que tres años después de la muerte de Wallace, cuando contaba con 22 años y su mujer apenas 16. Por otro lado, en la época de la acción era un chaval de apenas 14 años, de modo que poco pudo intervenir en cuestiones militares, como cuando dice a su padre que ha enviado tropas en auxilio de York, cercado por Wallace. Derrocado por su mujer, Isabel de Francia, con el apoyo de la nobleza en enero de 1326, fue encerrado en el castillo de Berkeley y asesinado en septiembre del año siguiente. Al parecer, para no dejar rastro del regicidio y achacar su muerte a causas naturales, ya que los venenos al uso en la época dejaban al occiso con muy mal aspecto, sus carceleros, Thomas de Gournay y John, barón de Maltravers, en un alarde de sádico ingenio, le introdujeron por el recto un cuerno de cabra previamente enderezado mediante la aplicación de calor para luego, a través del cuerno, meterle en el cuerpo un hierro candente. Así no dejaron huella, al menos externa, del crimen.

Isabel de Francia, mujer de Eduardo II 

En realidad, su presencia en la película no tiene sentido ya que, como he dicho, su boda con Eduardo no tuvo lugar hasta tres años después de la muerte de Wallace. Debido a la homosexualidad de su marido, que solo se molestó en engendrarle tres hijos para cumplir con sus obligaciones a la corona, se convirtió en amante de Roger Mortimer, VIII barón de Wigmore y cerebro del derrocamiento de Eduardo II. Por sus alevosías y su ambición fue apodada como la "Loba de Francia", motivo este por el que en el retrato que aparece a la derecha vemos que sus manos son mostradas como zarpas caninas. Pero, temas conspiratorios aparte, en la época de la acción Isabel apenas tenía 5 añitos, por lo que difícilmente pudo ponerle los cuernos a su marido con el aguerrido Wallace o ser enviada como emisaria del rey para establecer una tregua. 

Robert Bruce padre, VI Lord de Annandale 

El taimado, maquiavélico y astuto leproso que aparece en la película, aunque durante mucho tiempo envuelto en las constantes luchas por el poder en Escocia, acabó sus días en Palestina, en 1304. O sea, que poco pudo influir en la decisión de vender a Wallace al enemigo ya que éste fue capturado un año después. Cuando la batalla de Stirling Bridge contaba con 54 años, pero eso de la lepra lo tenía un poco deteriorado al hombre. A la derecha podemos ver una recreación basada sobre su cráneo. No debía ser especialmente gratificante compartir en su compañía un plato de callos o cualquier otra delicia procedente de la casquería de animalitos vacunos o porcinos, las cosas como son... No obstante, el tema de la lepra aún es tema de debate y no se puede afirmar con rotundidad que la padeciera.

Robert Bruce hijo 

Logró la corona de Escocia en 1306, pero su verdadera preocupación, más que Eduardo I, fue el otro aspirante al trono, John Comyn, señor de Badenoch y aspirante, al igual que Bruce, al trono escocés. Bruce acabó con su competidor de una forma muy práctica y adecuada para que no le diera más quebraderos de cabeza: lo apuñaló durante una reunión en la iglesia de Greyfriars, en Dumfries, en febrero de 1306. En la época de la acción contaba con 23 años de edad.

Y la estrella principal: el mandoble de Wallace 

El cual es totalmente anacrónico (véase la entrada sobre el mandoble o montante). Wallace usaría una espada similar a las de sus enemigos (véanse las dos entradas sobre La espada del Milenio). Se debieron inspirar en el ejemplar que vemos a la derecha, conservado en el Wallace National Monument de Stirling. Este armatoste de nada menos de 167 cm. de largo- no creo que Wallace fuese mucho más alto- sería un caso similar a los de la Tizona y la Colada, espadas atribuidas a un determinado personaje pero que en modo alguno corresponden al mismo. En este caso parece que se trataría de una hoja obtenida de tres ejemplares unidos mediante forja, siendo una de ellas de un tipo datado hacia finales del siglo XIII lo que ha hecho que algunos crean que, en cierto modo, no toda pero sí parte de la espada fue la de Wallace. En todo caso, ya en el siglo XVI era atribuida a nuestro hombre. Eso sí, la de "espadas de Braveheart" que han vendido los fabricantes de réplicas ha sido algo tremendo gracias a la peli. Así mismo, su indumentaria de combate sería más bien la de los hombres de armas de la época, y no con faldas, con la jeta pintada de azul y totalmente desprotegido. Ah, y lo de las estacas afiladas para detener la carga de caballería, me lo sustituyan por simples lanzas. En efecto, usaron esa táctica para defenderse de los caballos ingleses, pero eso estaba inventado hacía siglos. O sea, que no fue una genial idea de Wallace. 

Bueno, con esto creo que queda aclarado lo principal de la película. Para mi gusto, es demasiado larga y, aparte de los flagrantes errores históricos, sobran tantas escenas amorosas en bosques de ensueño con música de gaitas de fondo. Pero, en fin, como eso vende, hay que tragar. Sea como fuere, la película vale para echar una tarde devorando apaciblemente una arroba o dos de palomitas.

Hale, he dicho

¡Al ataquerrrrllllll!

sábado, 31 de marzo de 2018

Cine historico: ORO. Gazapos varios


Se siente, criaturas, pero la continuación del tabún tendrá que esperar dos o tres días, me temo. Un repentino ataque por la retaguardia de mis cuñad... quiero decir de mis odiosas cervicales me tiene atocinado por obra y gracia de los chutes de diazepam y no estoy para temas enjundiosos. Con todo, y como ayer me entretuve entre vahído y vahído viendo esta peli, pues hice varias capturas sobre los errores pasmosos en cuestiones de armamento y atrezzo que contiene. Y lo más curioso es que a estas alturas, cuando la información disponible sobre esos temas es prolija y detallada, se sigan cometiendo gazapos que captaría hasta un cuñado cuyos conocimientos de historia no vayan más allá de la alineación del Betis en el partido de hace dos semanas.

Esta película, que pasó con más pena que gloria (costó 8 kilos hacerla y recaudó apenas 600.000 pavos), está basada al parecer en un relato inédito de Pérez Reverte sospechosamente parecido al de la película de Saura "El Dorado" (1988), inspirada a su vez en la magistral novela de Ramón J. Sender "La aventura equinoccial de Lope de Aguirre". En cualquier caso, no deja de resultar chocante que, una vez más y a pesar de las gloriosas gestas hispanas acontecidas en el Nuevo Mundo, por norma solo se redunde en el cainismo, la avidez de riqueza y las alevosías de los hombres que nos dieron el mayor imperio que jamás viose. La verdad es que ya aburren los sempiternos tópicos: el fraile fanático, la soldadesca con más ínfulas que un infante de León, la chica que no se sabe qué carajo hace en plena jungla rodeada de tipos más faltos de cariño que una iguana en un terrario y, por supuesto, la imagen de malvados invasores que sólo buscan trincar oro aún a costa de pasar a cuchillo a medio continente. Si hubiesen sido yankees los venderían como héroes inmortales, y harían pelis épicas en los que los bravos soldados palmarían de perfil y obtendrían fama y gloria en vez de puñaladas traperas. Bueno, vamos a lo que nos importa y que le den por donde amargan los pepinos a estos cineastas con más complejos que un obispo en una sinagoga. Ah, por cierto, es una trama de ficción, por lo que no ha lugar a comentar errores de tipo histórico.

1. Nada más comenzar ya tenemos el primero. Las sempiternas muñequeras que, al igual que en las pelis de romanos, encontramos hasta la saciedad sin que, por otro lado, haya una sola escultura, pintura, grabado o representación artística, gráfica o testimonio escrito o físico que demuestre la existencia de este accesorio. Además, parece que estos probos y sufridos conquistadores no se las quitaban ni para dormir, por lo que solo cabe deducir que se les habían quedado pegadas a los brazos a perpetuidad, quizás a causa de la mugre. 

2. La indumentaria de de fray Vargas, el pater de la hueste, un dominico que, como no podía ser menos, es bastante fanático, observador de la pureza de las atribuladas almas y los sufridos cuerpos de los probos ciudadanos conquistadores y que, curiosamente, lleva un hábito equivocado. Según vemos en la lámina de la izquierda, el hábito de esta orden consiste en una túnica blanca, manto y/o esclavina negros y escapulario blanco. Sin embargo, al fraile que nos ocupan le han plantado el escapulario negro de los cistercienses. Bueno, en realidad parece de color azul, pero lo achacaremos a una hipotética decoloración a causa del clima. En todo caso, el color del escapulario está equivocado.

3. Hay cierta disparidad en lo tocante a la datación de las espadas que aparecen en la película. Un buen ejemplo es el que mostramos en la foto de la derecha. La flecha blanca marca una espada ropera que sería la correcta, pero la roja señala una Tipo XVII según la tipología Oakeshott que estuvieron operativas durante el último cuarto del siglo XIV y el primero del XV, o sea, sería unos 150 años anterior a la época en que están ambientada la acción. Así que ya saben, todo lo que no sea una espada ropera es un anacronismo.

4. Esas polainas, como que no. A mediados del siglo XVI se usaban los típicos gregescos o calzones, acuchillados o no, bajo los que se usaban calzas. En las Indias, debido al clima, muchos hombres solían prescindir de ellas, llevando las piernas desnudas. De calzado usaban zapatos, botas con vueltas hasta la rodilla, botas hasta el muslo e incluso sandalias como las usadas por los indios, más cómodas y fresquitas. Aparte de eso, la elevadísima humedad ambiental en la jungla hacía que el cuero se pudriese rápidamente.

5. Ese probo ciudadano conquistador debió heredar el yelmo de su tatarabuelo por lo menos, porque ese tipo de casco estaba ya más trasnochado que Drácula por aquellos años. Aparte del clásico y característico morrión, las tropas españolas usaban borgoñotas, celadas góticas, almetes y cervilleras, que es el que vemos en el detalle. El morrión y la cervillera eran especialmente útiles para los arcabuceros y ballesteros ya que permitían hacer puntería apoyando la mejilla en el arma, y no limitaban la visión en modo alguno. Obviamente, el uso de yelmo suponía sudar a chorros, pero era de las pocas protecciones de las que no se solían privar por razones obvias ya que los indios hacían uso de una panoplia de armas contundentes de forma de macanas de piedra o cobre, así como sus potentes macuajuitl y cuauhololli, una especie de bates de cricket con los cantos festoneados de lajas de pedernal. 

6. La malvada serpiente coral que mata en un periquete a la abnegada criada de doña Ana es en realidad una falsa coral, una bicha inofensiva pero que es tan lista que supo evolucionar con una librea similar a la de la venenosa. De ese modo, sus enemigos se acojonarían al verla por confundirla con su cuñada y la dejarían en paz. Cuando la criada siente la mordedura aparece la serpiente bajo su falda, y como vemos es la misma especie que la que mostramos en la foto superior. La chunga, la que te deja listo de papeles, es la de abajo. Como se ve, los colores están invertidos, y la parte blanca la tiene amarilla. Por otro lado, los efectos de su mordedura no son ni remotamente tan fulminantes, y menos en una zona del cuerpo tan alejada del cerebro como es el tobillo. Los primeros síntomas tardarían en aparecer entre 5 o 30 minutos dependiendo del lugar de la mordedura, la edad y peso de la víctima; la muerte sobrevendría unas horas después. O sea, que no palmaría de inmediato, como vemos en la peli. Para eso habría quedado tal vez más creíble un infarto, digo yo...

7. Curiosamente, ningún personaje lleva la daga envainada, sino metida en el cinturón sin más. Esta práctica, aparte de errónea, es absurda tanto en cuanto expone al que lleva así un arma cortante y punzante a tropocientos accidentes, desde algo tan simple como cortar el cinturón a caerse y clavarse la daga en cualquier sitio. El simple tirón que se daba para empuñarla bastaría para quedarse uno sin el ceñidor que sujeta la espada. 

8. Desde que el inefable Braveheart se pasó media película portando un enorme mandoble en la espalda, parece que esa moda ha proliferado bastante. No sé vuecedes, pero este menda ha visto cientos, por no decir miles de miniaturas, ilustraciones, dibujos, etc. de la época y no se ve en uno solo a nadie que lleve la espada en la espalda en plan ninja. Aparte de lo incómodo a la hora de desenvainarla, una caída de espaldas podría producir una severa lesión, así que es la enésima chorrada que se puso de moda y ahí sigue. Por otro lado, los arcabuces no estaban provistos de anillas para una correa portafusil. Ese accesorio no hizo su aparición hasta siglos más tarde. Los arcabuces se llevaban en la mano o al hombro junto a su correspondiente horquilla que, curiosamente, también han omitido en la película. Apuntar con un chisme de más de 7 u 8 kilos de peso a pelo no era precisamente fácil, y menos aún a la hora de hacer una puntería medianamente decente.

9. Tampoco sé de dónde han sacado esa especie de corazas  escamosas de cuero, la verdad. El armamento defensivo consistía en los típicos coseletes o medias armaduras que, por lo general, eran sustituidos por el ichcahuipilli, un jubón acolchado sin mangas muy similar a los perpuntes usados en Europa. Estas prendas se convirtieron en las más habituales en aquella época ya que proporcionaban una protección aceptable a cambio de no licuarse dentro de una armadura a causa del calor y la humedad. Además, esta última obligaba a tener un especial cuidado con ellas a causa del óxido que no paraba de producir.

10. Y ya que hablamos de protecciones corporales, también son algo extrañas esa especie de hombreras de cuero o metal que usan varios personajes y que, además, llevan en el sitio equivocado ya que cualquier golpe enemigo irá dirigido al hombro izquierdo salvo que el atacante sea zurdo. No tengo ni idea de dónde se las habrá sacado el "maestro armero" de la película, la verdad. Como dijimos en el párrafo anterior, el clima acabó por obligar a muchos de usar el ichcahuipilli o, simplemente, a prescindir de cualquier tipo de defensa de ese tipo que, por lo general, era sustituida por una rodela o una adarga, de lo que sí hay cantidad de testimonios gráficos de la época. Y lo mismo digo de esa especie de SVBARMALIS de cuero que lleva el probo ciudadano conquistador de la foto inferior izquierda. En un clima como el de la jungla no tardaría mucho en pudrirse y caerse literalmente a cachos. 

11. Las ballestas. Las ballestas son sumamente cutres, con una pala metálica en plan ballesta de coche reciclada y que se tensan apoyando la culata en la barriga, sistema recién descubierto al parecer y que ha sido bautizado por los expertos como "ballesta abdominal", en plan gastraphetes griego. Pero lo mejor son las flechas, que no virotes, con que las cargan. Vean, vean la que hemos señalado en el detalle, que asoma medio metro. En la foto grande vemos como cargan la ballesta abdominal dando un simple tirón de la cuerda, muy fina y sin nada que ver con las gruesas vergas de tendones de este tipo de armas. A la espalda, el probo ciudadano conquistador lleva una aljaba propia de arquero galés más que de ballestero castellano, que como sabemos portaban los virotes en un pequeño carcaj que pendía de un costado.

12. ¿Qué pintan ahí los escudos de Aragón y Navarra? Ah, misterio... Aunque ciertamente hubo navarros y vizcaínos en la conquista tanto en cuanto eran súbditos castellanos, los aragoneses eran "extranjeros" en Castilla. Como es de todos sabido, la unión de todos los reinos peninsulares menos Portugal bajo un mismo cetro era ya un hecho en aquella época, pero las tierras del Nuevo Mundo eran de Castilla, y las que se descubrían se iban a engrosar el patrimonio territorial castellano. Fueron pocos los aragoneses que tomaron parte en la gesta, y solo durante el reinado de Felipe III fue cuando se abrieron las Indias para todos los españoles fuese cual fuese su lugar de origen. Con todo, los barcos que partían hacia el Nuevo Mundo lo hacían desde puertos castellanos, y no por proximidad, sino por obligación. La católica reina lo dejó bien claro en su testamento cuando dijo que "...está mandado que las alcaydias e tenencia e gobernación de las cibdades e villas e lugares e oficios que tienen añeja jurisdicción alguna, en qualquier manera, e los oficios de la hacienda e de la casa e corte, e los oficios mayores del reyno, e los oficios de las cibdades e villas e lugares no se den a estrangeros". En resumen, que de momento allí solo mandaban los castellanos, y si había que sacar un pendón era el del reino de Castilla o, en todo caso, las armas del emperador Carlos.

13. Respecto a la protagonista, iba bien pertrechada de vestuario, cómo no podía ser menos. A pesar de lo penoso de la expedición, nos deleita no con uno ni con dos, sino con tres modelitos que no solo realzan su esbelta figura, sino que en todo momento aparecen sin una mácula de mugre a pesar del asquerosillo ambiente en que se desarrolla la acción. De hecho, el personal masculino aparece en todo momento sumamente guarreado, llenos de sudor, fango, manchas de todo tipo, etc. Y conste que a la criada le muerde la bicha a poco de empezar la peli, por lo que el lavado de la ropa le correspondía a ella. Un soldado jamás haría de sirviente, y menos para esos fines.

En fin, dilectos lectores, ya tienen material para humillar por enésima vez a sus cuñados más irreductibles. Aparte de los gazapillos estos pues bueno, la película vale para pasar el rato. Para mi gusto, lo mejor es la ambientación sombría y agobiante de la jungla, con sus ruidillos sospechosos y la sempiterna amenaza latente de los probos indígenas que, de forma siempre sorpresiva, caían sobre los belicosos hispanos. Ah, por cierto, un detalle a valorar es el poderoso alano que lleva el alférez para acojonar a los indios. Para finalizar, ahí dejo como imagen de cierre un cuadro de mi siempre admirado Ferrer Dalmau que permitirá a vuecedes tener una idea más acertada del aspecto que tenían los conquistadores precisamente en la época en que transcurre la película. Bueno, es hora de un nuevo chute para aplacar a mis enemigas. 

Hale, he dicho

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martes, 27 de marzo de 2018

TABÚN. Orígenes


Conocida imagen de dos víctimas del ataque con armas químicas llevado a cabo por las tropas iraquíes contra la población
kurda de Halabja el 16 de marzo de 1988. Se emplearon gas mostaza y agentes nerviosos, seguramente tabún, ya que
según el testimonio de algunos supervivientes olía a manzanas. Para hacernos una idea de lo mortífero de este tipo de substancia, los que se escaparon a duras penas de la matanza solo fueron los afectados por el gas mostaza.


Proyectiles de artillería cargados con tabún
Justo es reconocer que la sola mención a ese palabro extraño provoca repullo, las cosas como son. Aunque nos suene a algo así como a exótico baile caribeño en compañía de frondosas mulatas o a ignota tribu africana la realidad es que, en los tiempos que corren, el tabún tiene unas connotaciones de trompeta apocalíptica si cayese en manos de esos ciudadanos que dan por sentado que si palman en defensa de su religión les esperan 72 huríes para pasarse la eternidad fornicando como macacos en celo. En las últimas décadas, el uso de agentes nerviosos contra la población civil ha causado bastante revuelo, y no es para menos porque esas porquerías no te dan opción ni a despedirte de tu cuñado haciéndole una peineta. O sea, que como te pille cerca estás más perdido que un importador chino en una inspección de Hacienda. Tabún, sarín, somán, VX... Términos que igual sirven como marca de productos de limpieza que como acrónimo de partidos políticos de esos a los que no votan ni sus cuñados pero incordian mogollón. Sin embargo, no son un invento moderno, e incluso en su origen no estaban pensados para exterminar ciudadanos en plan industrial. Este tipo de substancias fueron, como tantas otras, producto de perversas casualidades que, aprovechando la maldad congénita del ser humano, dieron pie a tentar por enésima vez nuestra propia aniquilación. Así pues, y ya que estamos en Semana Santa, época de recogimiento, fervor y redención de nuestra interminable lista de pecados, veamos la curiosa historia de esta porquería, a ver si nos enteramos de una vez que nuestra existencia siempre pende de un puñetero hilo, demasiado fino como para andarse con tonterías con él no sea que se rompa enhoramala y nos vayamos todos al carajo, cosa que, por otro lado, el planeta y el resto de las especies que en él habitan nos agradecerán enormemente.

Acceso al descomunal complejo de oficinas de la factoría de Bayer en
Leverkusen a mediados de los años 30 del pasado siglo. Allí se gestó
lo que luego sería el tabún 
Bien, dicho esto, si comentamos que el origen del tabún se remonta nada menos que a mediados de los años 30 y que fue consecuencia de la búsqueda de un insecticida para matar gorgojos, puede que más de uno levante la ceja sorprendido, porque mucha gente suele pensar que este tipo de substancias son mucho más modernas. Sin embargo, van ya camino del siglo de existencia. Y puede que levanten la otra ceja si se enteran de que la empresa donde nació fue la Interessengemeinschaft Farben, más conocida por su acrónimo más pronunciable de IG Farben, una corporación creada en Frankfurt en 1925 que abarcó marcas tan archifamosas como la Bayer, la Agfa o la BASF. Sí, los que fabrican las puñeteras aspirinas, los carretes de película o aquellas cintas de casette en las que el personal atesoraba las canciones del verano grabadas de los 40 Principales como el perro Cerbero cela la puerta del Averno. Así pues, esta historia comienza en 1933, cuando el gobierno tedesco puso especial empeño en obtener un insecticida capaz de acabar con los bichos que devoraban las reservas de grano en los silos y que, a lo tonto a lo tonto, suponían muchas toneladas de pérdidas anuales. En la depauperada economía alemana de la época eso implicaba no pocos quebraderos de cabeza, y más aún si tenemos en cuenta que el año anterior se habían tenido que gastar más de 30 millones de marcos en importar insecticidas que, por otro lado, eran más peligrosos que un cuñado hambriento en un ágape nupcial ya que estas substancias, compuestas generalmente de óxido de etileno y formiato de metilo, tenían la inquietante tendencia a explotar cuando eran vertidos en lugares cerrados, como es el caso de los silos.

Gerhard Schrader (1903-1990)
En 1934, Otto Bayer, responsable de los laboratorios de la firma en Leverkusen, puso al frente de la investigación de pesticidas sintéticos a Gerhard Schrader, un joven químico de apenas 31 años que llevaba trabajando en la empresa desde 1928 en el departamento de colorantes de la sucursal de Elberfeld. Este probo químico, como buen tedesco, se volcó en cuerpo y alma con el encargo del jefe y se puso a sintetizar porquerías a destajo en busca de algo que no solo matara bichos, sino que además no hiciera volar por los aires las reservas alimentarias del glorioso Reich recién instaurado por el ciudadano Adolf. Sin embargo, las substancias obtenidas tenían un defecto común: no solo mataban a los bichos, sino que contaminaban el grano convirtiéndolo en un producto totalmente inadecuado para el consumo humano salvo cuñados. Tras infinidad de ensayos en los que no vamos a redundar porque ni yo sé un carajo de química orgánica ni creo que la mayoría de los que me leen tampoco, al cabo logró obtener una substancia que parecía adecuada. Se trataba de un compuesto a base de fósforo que, diluido en agua en una proporción de apenas un 0,2%, exterminó bonitamente a un regimiento de piojos depositados amorosamente en una hoja. Pero lo verdaderamente importante era que mataba solo a los piojos, y no a los piojos y a todo bicho viviente situado en los alrededores. Ya era un buen paso...

Otto Bayer (1902-1982)
Como es habitual en estos casos, una vez encontrado el extremo del hilo había que ir tirando hasta dar con la madeja, que consistía en lograr un producto más potente, fiable y fácil de fabricar. Para ello se dedicó a ir sintetizando diversos elementos en los que la base seguía siendo el fósforo, llevando a cabo cientos de experimentos a lo largo del tiempo hasta que, en noviembre de 1936, incorporó a este elemento un átomo de carbono y otro de nitrógeno, combinación esta que por sí sola era lo que producía el cianuro. Tras llevar a cabo la síntesis de estas tres porquerías, fósforo, carbono y nitrógeno, nuestro hombre se puso malísimo de la muerte. Los síntomas eran bastante alarmantes: cefalea, dificultad al respirar, falta de concentración y un notable oscurecimiento en su campo visual, así como incapacidad para enfocar la visión. Por lo visto, cuando se largó a su casa apenas podía ver la carretera porque las pupilas se le habían reducido al tamaño de la cabeza de un alfiler, y ni siquiera reaccionaban a la luz. Total, que se tuvo que largar a un hospital, donde pasó doce días hecho un despojo hasta que logró recuperarse de lo que había sido el germen del primer agente nervioso de la historia. Pero para un científico que además de ser científico era alemán eso era un bagatela, así que tras otros ocho días de convalecencia doméstica volvió a su laboratorio extremadamente intrigado por las consecuencias del experimento.

Aspecto de la fábrica de Leverkusen
El 23 de diciembre nuestro hombre reanudó las pruebas de síntesis y purificación del nuevo compuesto, obteniendo finalmente un líquido incoloro que emanaba un leve aroma a manzana. Schrader lo denominó como Präparat 9/91 (Preparado 9/91), y le envió una muestra al Dr. Hans Kükenthal, biólogo de la Bayer en la sede de Leverkusen, para que probara sus efectos sobre bichos. Kükenthal se quedó agradablemente sorprendido cuando vio la extraordinaria potencia de la substancia, que diluida a razón de 1/200.000 no dejó un solo piojo vivo en cuando entraron en contacto con ella. El compuesto era tan asquerosamente peligroso que una sola gota vertida por error y que cayó sobre una mesa fue suficiente para que volviera a provocar en Schrader y su ayudante, Karl Küpper, los mismos síntomas que ya padeció anteriormente si bien en esta ocasión, sabiendo de qué iba la cosa, abandonaron a toda leche el laboratorio. Bastó respirar aire fresco para que la sensación de ahogo y el dolor de cabeza fueran desapareciendo, pero la visión oscurecida y la incapacidad para enfocar tardó varios días en desaparecer. Además, tuvieron que dejar pasar varios días sin entrar en el laboratorio hasta que los vapores de la puñetera gota dejaron de hacer efecto.

Laboratorio de la IG Farben en Eberfeld
En enero de 1937 volvieron a retomar sus experimentos para ver que aquella cosa era imposible de manejar sin ponerse malísimo por ínfimas que fueran las cantidades que usasen. Küpper se acojonó en grado sumo porque pensaba que acabaría ciego, y Schrader dio por sentado que se estaba envenenando poco a poco, de modo que decidió ponerse en contacto con el profesor Eberhard Gross, director de Higiene Industrial de la IG Farben de Elberfeld para que llevara a cabo las pruebas oportunas para medir el grado de toxicidad del Präparat 9/91. En febrero le mandó una muestra del "insecticida" aquel y, tras dos meses de experimentos, Gross le remitió a Schrader un enjundioso informe acerca de las pruebas efectuadas con animalitos de todo tipo: ratones, cobayas, conejos, perros, gatos e incluso monos. El Präparat 9/91, que Gross había rebautizado como Le-100 ("Le" en referencia a la fábrica de Leverkusen, de donde procedía), fue inyectado en monos a razón de 1/10 de miligramo por kilo de peso y los efectos fueron devastadores: vómitos, contracción de las pupilas, de los bronquios y los pulmones, babeo y sudoración abundantes, calambres abdominales, diarrea, espasmos musculares, dificultad al respirar y ralentización del ritmo cardíaco hasta llegar a una parada cardio-respiratoria y palmarla asquerosamente. Acojona, ¿que no? Para comprobar si los efectos eran similares al inhalar la substancia, Gross hizo uso de una cámara de gas de 100 m² donde invitó a pasar a varios monos que, lógicamente, no sabían de qué iba aquello, porque de saberlo no entran ni a tiros. Se expuso a estos animales a una concentración de apenas 25 miligramos de Le-100 por metro cúbico, y tras padecer los síntomas descritos anteriormente palmaron todos entre 16 y 25 minutos. Desde entonces, los monos tienen al tal Gross en búsqueda y captura por hominicida. 


Heinrich Hörlein (1882-1954)
Cuando Schrader recibió el informe de Gross quedó bastante decepcionado ya que, en realidad, él buscaba un insecticida capaz de acabar con las plagas de bichos de los silos y los cultivos, y no con medio planeta. Saber que era tan eficaz contra un piojo como con un mono suponía que era totalmente inviable emplearlo so pena de acabar con la plaga, la vaca que pastaba por allí e incluso con el cartero que circulaba con su bici por el camino cercano. Sin embargo, sus jefes no lo vieron de ese modo. En 1935 habían recibido una comunicación del gobierno en la que se informaba a todos los fabricantes de productos químicos que debían notificar a las autoridades de cualquier descubrimiento que tuviese potencial para su uso militar. Cuando una copia del informe de Gross fue a parar a manos del Dr. Heinrich Hörlein, director de investigación farmacéutica de la IG Farben, éste envió a su vez otra copia al Heereswaffenamt (Departamento de Armamento del Ejército) para que tuvieran constancia de la terrorífica eficacia del Le-100. De hecho, los mandamases de la nueva Wehrmacht era partidarios del uso de armas químicas a pesar de la horrible experiencia que supuso la Gran Guerra, y el mismo Hörlein era un ferviente defensor del desarrollo de este tipo de substancias. Una vez recibido el informe en la Heereswaffenamt fue remitido a otro negociado, que para eso de tener cien oficinas solo para clasificar aunque sea cepillos de dientes los tedescos son unos figuras, yendo a parar al Waffenprüftamt (Departamento de Pruebas de Armamento), y dentro de este a la Wa Prüf 9 (División 9), dirigida por el profesor Leopold von Sicherer. La Wa Prüf 9 era la encargada del desarrollo de arma químicas, municiones para las mismas y equipos de protección antigás.

Sicherer se tomó aquello con bastante interés, así que en abril de aquel mismo año se personó en el laboratorio de Gross para presenciar una demostración en vivo y en directo. Gross llevó a cabo una serie de pruebas sobre ratones con fosgeno, gas mostaza y el Le-100 y, para sorpresa de los presentes, mientras que con los dos primeros compuestos los ratones tardaron horas en palmar, con la nueva porquería estaban todos listos de papeles en menos de 20 minutos. Informados de quién era el padre de aquel engendro químico, que por aquel entonces seguía empeñado en buscar plaguicidas, le invitaron a ir a Berlín para mostrar a sus colegas de qué iba aquella peculiar síntesis que se había mostrado más letal que una mamba negra con sarampión. Sacaron a Schrader de su laboratorio y lo enviaron a toda velocidad a la ciudadela de Spandau, donde se encontraba el Heeresgasschutzlaboratorium (Laboratorio de Protección de Gas del Ejército), denominación que en realidad era más falsa que la palabra de un político en campaña electoral ya que su verdadero cometido no era investigar como protegerse del gas, sino la producción de agentes venenosos para matar más y mejor. 


La ciudadela de Spandau. A la izquierda, en la gola del baluarte, se yergue
aún la única torre que perdura del castillo medieval
La ciudadela de Spandau era en realidad un fuerte pirobalístico construido durante la segunda mitad del siglo XVI sobre un castillo medieval del siglo XIII del que solo quedaba una torre. El fuerte, edificado en un islote entre los ríos Havel y Spree, estaba rodeado por un foso húmedo que impedía acercarse a cualquiera y, lo más importante, permitía llevar a cabo en su interior sus actividades libres de testigos molestos. En la reunión, presidida por el jefe del departamento, el profesor Von der Linde, Schrader dio pelos y señales acerca de la sintetización del Le-100, dejando a los presentes gratamente sorprendidos por su eficacia ya que, desde la creación del departamento, habían probado más de dos mil substancias que ni de lejos llegaban al mortífero poder de la presentada por el químico de la IG Farben. Y en aquel cónclave nació su siniestro nombre, tabún, que curiosamente no significa nada ni era un acrónimo ni ninguna retahíla de palabras ni nada por el estilo, ni se sabe a quién se le ocurrió ni a santo de qué. Fue un término inventado para despistar a posibles espías ya que el ejército tenía especial interés en que el estudio de armas químicas pasase totalmente desapercibido por los Aliados, que por aquel entonces miraban al ciudadano Adolf con bastante recelo en vista de los agresivo que se estaba poniendo. 


Envase de Trilon. No muchos saben las
connotaciones tan chungas que tiene ese nombre
Naturalmente, la patente que la IG Farben tenía sobre el tabún pasó a ser considerada como alto secreto, y el desarrollo del invento pasaría a ser controlado por el ejército. Schrader recibió una gratificación de 50.000 marcos, una pasta gansa, y lo mandaron de vuelta a Leverkusen con una palmadita en el lomo y el encargo de producir un kilo de tabún para enviarlo a Spandau con el fin de llevar a cabo sucesivas pruebas. Y mientras lo producía se habilitó un laboratorio en las entrañas del fuerte para ir estudiando los prototipos de maquinaria e instrumental necesarios para una posible producción en masa del veneno aquel. Obviamente, la elevada toxicidad del tabún obligaba a fabricarlo y manipularlo en lugares con un nivel de seguridad acorde a la peligrosidad del producto, que no era plan de romperse una probeta y matar a la mitad de los obreros de la fábrica de Leverkusen. Además, el ejército renombró el tabún con una serie de códigos militares para dificultar aún más su existencia a todos los que no estaban en el ajo, como Gelan, Substanz 83 y Trilon 83 o, abreviado, T-83, nombre este que, curiosamente dio con posterioridad la BASF a un compuesto empleado en detergentes para ropa, jabón y productos de limpieza.


Entrada al campo de Raubkammer en 1939. Nadie podría sospechar lo que
se cocía allí dentro a la vista de tan apacible paisaje arbolado
En mayo de 1937 los químicos de Spandau ya habían llevado a cabo todas las pruebas habidas y por haber, y se quedaron tan contentitos que decidieron llevarlas a cabo a mayor escala, fuera del laboratorio, para corroborar los efectos del tabún en hipotéticas situaciones de combate en campo abierto. Para ello se eligió el Heeresversuchstelle Raubkammer (Campo de Pruebas del Ejército de Raubkammer), al norte de Munster, una vasta superficie de nada menos que 196 km² que, para hacernos una idea, supondría un tercio de la superficie de la isla de Ibiza. Este campo, conocido también como Munsterlager, disponía de las instalaciones más completas que se podían imaginar: laboratorios, un departamento forense para el estudio post mortem de los efectos de las porquerías que se probaban allí, recintos para albergar animales de todo tipo para los experimentos, cámaras de gas con amplios ventanales a prueba de filtraciones en los que los científicos podían ver en vivo y en directo como palmaban los animales y, por supuesto, barracones para el personal, cocinas, comedores, un moderno hospital para tratar a cualquiera que fuera víctima de los agentes que se probaban e incluso un casino para no aburrirse como galápagos en aquel inmenso y gigantesco complejo de muerte. Allí fue donde el plaguicida sintetizado por Schrader se acabó convirtiendo en una de las armas más temibles que se conocen.

Bien, ese fue el origen del tabún. Como vemos, bastante prosaico y alejado de las siniestras connotaciones que adquirió posteriormente. A partir de aquel momento, su desarrollo como arma química, así como su producción, quedaron bajo el control del ejército con la intención de, ante un hipotético conflicto, llevar los efectos de la guerra química incluso más allá de los campos de batalla, o sea, sobre la población civil. Pero de eso ya hablaremos en otra entrada, porque no es plan de comprimirlo todo en una sola.

É hora de merendá, asín que a juí que viene la Guardia Siví.

Hale, he dicho

Consejo de administración de la IG Farben en 1926. Estos hombres formaron una de las corporaciones industriales más
importantes y poderosas del mundo en el siglo XX. Ganaron pasta en cantidades inimaginables a cambio de implicarse
a fondo en los episodios más oscuros del III Reich, entre otros con la creación del más siniestro producto que se
conoce en nuestros días, el Zyklon-B