jueves, 17 de agosto de 2017

El cañón Ager, ¿la segunda primera ametralladora?




Hombres del 96º Rgto. de Voluntarios de Pennsylvania posando muy
orgullosos junto a un cañón Ager
El comienzo de la Guerra de Secesión de los Estados Juntitos fue el pistoletazo de salida para que todos los magines del personal empezaran a echar humo con tal de inventar algo que matase más y mejor, que es de todos sabido que si todos los enemigos se mueren se acaba antes la guerra. Y, una vez más, nos encontramos con inventos demasiado avanzados para su época porque la tecnología disponible no permitía aprovechar al máximo sus posibilidades, cosa que hemos repetido y tendremos que repetir mogollón de veces. En la entrada de hoy veremos un artefacto que, en pureza, ya era una ametralladora en toda regla ya que funcionaba mediante un sistema mecánico que le permitía mantener fuego sostenido en una época en que las armas al uso aún eran de avancarga, lo cual era un mérito notable y más teniendo como competidora a la Maxim creada por las mismas fechas.  

Hablamos del cañón Ager (o Agar según algunos autores), cuya invención está envuelta de cierto misterio. Su supuesto creador, Wilson Ager, era un creativo ciudadano natural de Rohrsburg, Pennsylvania, que con anterioridad al conflicto había patentado una serie de máquinas de uso agrícola, como una plantadora mecánica de maíz o un artilugio para limpiar el arroz de la cáscara y demás impurezas. Sin embargo, el cañón lo patentó en Londres en 1861 o quizás un año antes. El motivo podría ser que, en realidad, el cañón no era de su autoría, sino que actuó simplemente como un agente de ventas para su comercialización en los Estados Unidos, quizás por tener los contactos adecuados, y se apropió del invento por la cara, cosa que siempre ha sido más frecuente de la cuenta. De hecho, parece ser que la máquina la inventaron en realidad unos tales William Palmer y Edward Nugent, para cuya producción se creó una empresa denominada American Arms Company. Sea como fuere, la cosa es que tanto la autoría del arma como su nombre ha pasado a la historia como de Wilson Ager a pesar de que, según parece, Nugent patentó el cañón en los Estados Unidos en 1862, cuando el arma ya había sido probada e incluso vendidas algunas unidades.

A la derecha tenemos la criatura. Según podemos ver, se trataba de un arma provista de un solo cañón que era alimentado por la tolva que se aprecia en la parte superior de la culata, lo que con el añadido de la manivela que accionaba la máquina le valió el apodo de cooffe mill (molinillo de café) por su obvia similitud con esos chismes domésticos imprescindibles en los hogares hasta que inventaron el café molido si bien su denominación oficial fue el de Union Repeating Gun, o sea, Cañón de Repetición de la Unión. El largo total del arma era de 142 cm., y el del cañón- provisto de ánima rayada para darle más precisión- de 89 cm. Como vemos, estaba montado en una cureña ligera provista de dos cajones para munición a ambos lados y, aunque no aparezca en esta foto, se dotó al cañón de un pequeño escudo para proteger al tirador del fuego enemigo. Una vez emplazada la máquina las correcciones de altura y deriva podían llevarse a cabo fácilmente gracias a su montaje sobre una articulación de bola, y una vez apuntada el arma en la dirección deseada solo había que bloquearla o bien dejarla libre para hacer un cono de fuego. La rabera que sobresale por la parte trasera era precisamente para poder manipularla cómodamente.

Pero lo más sofisticado quizás era el sistema que se había adoptado para que una ametralladora pudiera mantener fuego sostenido cuando los mosquetes aún se alimentaban con cartuchos de papel. En el gráfico de la izquierda tenemos las respuestas al enigma. La figura A nos muestra un contenedor de acero donde iba alojaba la carga. Este contenedor no era más que una pseudo-vaina fabricada en una época en que las vainas aún no se habían inventado, y tenía dos cometidos: por un lado, contener la carga, y por otro hacer las funciones de recámara ya que no llegaba a ser introducido en el cañón. En la figura B vemos una vista en sección del contenedor el cual tenía en su base una chimenea roscada similar a las usadas en los mosquetes Springfield de la época, la cual era cebada con los mismos pistones de cuatro aletas que se usaban en dichas armas. Los contenedores podían cargarse directamente con la pólvora y una bala Minié de calibre .58 (fig. B), o directamente con los mismos cartuchos de papel nitrado de los mosquetes (fig. C), lo que les permitía arder de forma instantánea mediante el chispazo del pistón. En este caso, la carga de pólvora era de 75 grains (4,8 gramos).

Una vez llena la tolva- poniendo buen cuidado en que todos los contenedores estuvieran correctamente orientados con el pistón hacia atrás- se procedía a accionar la manivela situada en el costado derecho del arma. En ese momento empezaba a girar una pieza con forma de estrella con la apariencia de un tambor de revólver abierto (más abajo la mostramos), donde caía por gravedad un contenedor cargado. A medida que se giraba el manubrio, una cuña se elevaba, alineando y bloqueando dicho contenedor contra el cañón como si fuera la recámara del mismo para, a continuación, accionar una leva que liberaba el percutor, produciéndose el disparo. Mientras proseguía el giro de la manivela el tambor seguía girando, expulsando el contenedor servido por la ventana de expulsión que marca la flecha y alimentándose con uno nuevo que caía por la tolva. Este sistema permitía alcanzar una cadencia de entre 100 y 120 disparos por minuto. Por otro lado, los contenedores eran reutilizables, de modo que los que iban siendo expulsados por la máquina podían irse recargando a toda prisa con cartuchos de papel y empistonarlos, disponiendo así de más munición para seguir liquidando malditos sureños esclavistas.

Vistra trasera del cañón en la que se aprecia tanto la morfología de la tolva
como la ventana de expulsión de los contenedores servidos
Sin embargo, el punto flaco del Ager era precisamente su único cañón, que al cabo de unas decenas de disparos se ponía un poco calentito, justamente al contrario que la máquina de Gatling que, al disponer de varios cañones, retrasaba más ese nocivo efecto y eso que el sistema de contenedores cargados con cartuchos de papel fue de hecho empleado por dicha ametralladora hasta la aparición de las vainas de latón. Para aminorar tan nocivo efecto y en un alarde de inventiva, Ager diseñó un sistema de refrigeración consistente en una camisa metálica que envolvía todo el cañón y una turbina que funcionaba conectada a la manivela de forma que mientras esta giraba también lo hacía el ventilador, el cual hacía pasar una corriente de aire entre la camisa y el cañón que no solo ayudaba en enfriarlo, sino que incluso eliminaba posibles restos de papel sin quemar procedente de los cartuchos. 

Esta pieza es, por así decirlo, el corazón de la máquina ya
que era donde iban cayendo los contenedores al girar la
manivela. Al dar 1/6 de vuelta los expulsaba ya vacíos
Con todo, este ingenioso sistema parece que no pasó de la mesa de proyectos, quizás por ser excesivamente complejo. Por ello, y a fin de paliar el problema del sobrecalentamiento, se diseñó además un sistema para remover rápidamente el cañón para ser sustituido por otro, como se hace por ejemplo con la MG-42 alemana, por lo que cada máquina iría acompañada de dos cañones de repuesto para tal finalidad. Pero el problema persistía porque los milites daban por sentado que una máquina semejante estaba creada para mantener fuego sostenido a todo trance, lo cual era un error porque, ni era necesario en una acción real, ni la munición de la época lo permitía. Por un lado, se quejaban de que el consumo de munición era muy elevado, lo que suponía un notable encarecimiento de la misma y una dificultad añadida a la hora de suministrar cartuchos. Entonces, digo yo, ¿para qué leches querían Vds. una ametralladora? Es como pedir un Ferrari que corra a 300 por hora pero gaste 4 litros a los 100 km. Pero al mismo tiempo que se protestaban de lo prohibitivo del consumo de munición se quejaban de que al tener un solo cañón no alcanzaría nunca una cadencia de tiro verdaderamente devastadora, como pasaba con la Gatling, que llegaba a los 350 dpm. En fin, las típicas contradicciones chorras para dar al traste como fuera con el invento encabezadas por el coronel J. W. Ripley, el jefe de la artillería de la Unión que, por norma, se negaba a cualquier tipo de innovación con el apoyo de otros militares tan cerrados de mollera como él.

Fosbery en su madurez. En la época
que nos ocupa tenía solo 29 años
Uno de los que más perjudicó la opinión que se tenía del cañón Ager fue un british, como no, que estuvo de observador en el ejército de la Unión y pudo presenciar las pruebas que se llevaron a cabo para evaluar la máquina. Este sujeto, el entonces mayor George Fosbery (el mismo que inventó el revólver semiautomático Webley-Fosbery en 1895), afirmaba que un solo cañón era incapaz de soportar "la inaudita proeza de efectuar entre 100 y 120 disparos por minuto", según su propio testimonio, y en su demoledor informe añadía que "...lo único que parece olvidarse es que al disparar a razón de 100 disparos por minuto la deflagración de 7.500 grains de pólvora (486 gramos) y casi una libra de plomo pasarían por un solo cañón en ese tiempo. Sus efectos durante el ensayo demostraron que el cañón se puso inicialmente al rojo para, posteriormente, ponerse casi al rojo blanco, y que grandes gotas de metal fundido salían por la boca del cañón, por lo que hubo que detener la prueba por temor a las consecuencias". Obviamente, el genio este no podía imaginar que su propio ejército dispondría apenas 25 ó 30 años más tarde de máquinas con un solo cañón que dispararían más de 650 proyectiles por minuto, pero debía ir de listo profético pontificador, que son peores que los cuñados ahítos de documentales del Canal Historia.

Una réplica moderna del Ager que nos permite apreciar con
más detalle su morfología
Y la cosa es que el metal de las balas en efecto se fundía porque, simplemente, un arma capaz de alcanzar una cadencia de tiro tan elevada no puede disparar munición de plomo que se funde a apenas 300º, pero eso de la munición blindada estaba aún por llegar, así que ahí tenemos una prueba más de que este artefacto estaba demasiado avanzado para su época. Por otro lado, el tipo de munición que disparaba no le permitía un alcance que superase al de un simple mosquete, estando su rango efectivo alrededor de los 900 metros. Su precisión a distancias a partir de los 300-350 metros solo quedaba patente sobre formaciones de tropas o de caballería ya que en las pruebas que se llevaron a cabo disparando contra una valla de 54 metros de largo por 2,13 de alto, o sea, lo que podría ser un cuadro de infantería, solo obtuvo un 40% de aciertos si bien es justo reconocer que una descarga de fusilería no se habría aproximado ni remotamente a ese nivel de precisión.

Lincoln flipando en colores con el Ager. Las pruebas se llevaron a cabo
en el arsenal de Washington. El prototipo fue fabricado por la firma
Woodward & Cox, de Nueva York
Sin embargo, y gracias a la insistencia de J.D. Mills, el representante de la firma, el 16 de octubre de 1861 el arma había sido probada en presencia del mismísimo presidente Lincoln el cual quedó impresionado por su funcionamiento hasta el extremo de encargar allí mismo la compra de diez unidades más el encargo de otras 50 por un importe de 1.200 $ cada unidad (un pastizal para la época), adelantando un 20% del importe total para iniciar la producción. No obstante, y a pesar del entusiasmo de Lincoln, los militares aún estaban bastante remisos a aceptar el invento. De hecho, en la correspondencia que se conserva entre el presidente y el general George McClellan, el primero llega a preguntarle directamente si el ejército quería o no esas armas ante la cantidad de divagaciones y trabas que ponían los militares. McClellan acabó aceptando la compra de las mismas, supongo que por no contristar al jefe supremo que tanto entusiasmo había mostrado, así que recomendó su adquisición por el precio acordado de 1.200 $ la unidad y una entrega inicial del 20%, si bien hizo notar que el precio le parecía excesivamente alto. A la vista de que el personal se lo tomaba con tranquilidad gracias a las constantes pegas que el coronel Ripley ponía a todo lo relacionado con el cañón Ager, en un oficio fechado el 19 de diciembre de 1861, Lincoln ordenaba que "los 50 cañones se encarguen en los términos recomendados por el general (McClellan) y no de otra manera". Bien, pues no fue hasta SEIS MESES más tarde cuando Lincoln envió un nuevo oficio, este de fecha 3 de julio de 1862, en el que sugiere un tanto impaciente que "si las cincuenta armas han sido hechas o entregadas de acuerdo con las recomendaciones efectuadas anteriormente por parte del general y las condiciones ordenadas por mí mismo, que sean recibidas y pagadas". Seis meses en estado de guerra es equivalente a una era geológica en tiempo de paz, así que ya vemos que los milites no pusieron ni remotamente el mismo entusiasmo que el presidente de la nación en el dichoso invento.

Marcado con una X vemos al general McClellan ante Lincoln
durante la batalla de Antietam
Finalmente, los cañones pedidos entraron en servicio, pero fueron generalmente enviados a misiones de escasa relevancia como vigilancia de puentes y chorradas similares, entrando en acción en contadas ocasiones en las que, ciertamente, demostraron su eficacia. La más sonada tuvo lugar el 29 de marzo de 1864 en Middleburg, Virginia, cuando un tal capitán Bartlett mandó abrir fuego contra un escuadrón de caballería confederada a una distancia de unos 750 metros, produciendo una buena escabechina y obligando al enemigo a batirse en retirada dejando en el campo gran cantidad de bajas, y eso con un solo cañón. De hecho, hasta los rebeldes llegaron a disponer de 17 unidades que cayeron en sus manos en Harpers Ferry, en el contexto de la sangrienta batalla de Antietam (más de 22.700 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos para una batalla de un solo día en la que tomaron parte un total de 132.000 efectivos entre ambos bandos, o sea, un 17% de bajas de una tacada, lo que no está nada mal). En todo caso, los Ager que pillaron los sudistas tampoco fueron empleados a fondo, así que de poco les sirvieron si bien uno de ellos tuvo al parecer el honor de ser el primer cañón antiaéreo de la historia cuando en 1864, en el contexto de la segunda batalla de Reams Station, en Virginia, los sudistas abrieron fuego contra un globo de observación de la Unión. Lo que no ha trascendido es si, aparte de darle un susto de muerte al observador, lograron derribarlo.

El final de la contienda supuso también el ocaso del cañón Ager. Las Gatling le habían ganado la partida y las unidades en servicio fueron vendidas a precio de saldo. Actualmente se conservan solo cuatro unidades de la pequeña partida de 60 cañones que entraron en servicio más el prototipo inicial, así que si alguien encuentra uno de ellos en algún granero perdido de Virginia, Carolina del Norte, Alabama o en cualquier lugar donde hubiese tiros, ya sabe, que ponga jeta de despistado y le ofrezca al dueño 20 pavos por librarle de ese trasto que lleva ocupando un sitio en el granero desde tiempos del abuelo Jedediah.

En fin, va siendo hora del yantar, así que me piro.

Hale, he dicho


lunes, 14 de agosto de 2017

El cañón Puckle, ¿la primera ametralladora?


James Puckle (1677-1724)
Más de una vez y más de dos, e incluso afirmaría que más de tres, hemos tratado diversos diseños tan novedosos que, en realidad estaban avanzados a su época como los ooparts esos de los que tanto hablan los aficionados a los ovnis y cosas así. Es decir, que la tecnología disponible no permitía desarrollar al cien por cien el verdadero potencial del invento. Uno de ellos fue indudablemente el curioso cañón revólver ideado por James Puckle, un probo súbdito del rey Jorge I, el primer monarca de la dinastía Hannover, que combinó su oficio de leguyelo con su pasión por inventar cositas raras y hasta escribir relatos moralistas. Pucke era un esquire, o sea, un miembro de la baja nobleza que tendría su equivalencia española en los hidalgos que ostentaban un señorío. Conviene recordar que en la Inglaterra de aquella época si no tenías un título, por birrioso que fuera, simplemente no existías salvo que uno estuviera poseído de tal talento que hasta la más rancia aristocracia se dignasen reconocerlo. ¿Que por qué hemos titulado entre interrogantes lo de primera ametralladora? Porque, en pureza, el chisme ideado por nuestro hombre no era una ametralladora según el concepto que tenemos de esas máquinas, siendo en realidad un cañón revólver en toda regla como los que aún estaban en uso a principios del siglo XX si bien, como es lógico, estos últimos funcionaban con munición metálica mientras que el de Puckle se tenía que conformar con el sistema al uso en su época: carga de pólvora negra con una bola de plomo y disparado mediante una llave de chispa. Sin embargo, la cosa es que merecería ese nombre tanto en cuanto fue al parecer el primer artefacto denominado como machine gun ya que, al cabo, su funcionamiento estaba basado en un mecanismo que explicaremos más adelante.

Ojo, no debemos pensar que dentro de este tipo de armas estarían incluidos los ribadoquines y demás armas multi-cañón como las que diseñaron Kyeser, Von Eyb o Da Vinci ya que estos artefactos no eran armas de repetición, sino afustes sobre los que se instalaban hileras de cañones para poder desplegar una mayor potencia de fuego. A la izquierda podemos ver un ejemplo, en este caso un órgano diseñado por Kyeser provisto de cuatro bocas de fuego. A cambio, eso sí, una vez agotada la munición tendrían que estar una hora recargando una a una las bocas de fuego de que se componía la pieza con lo cual su verdadera eficacia radicaba en una única descarga masiva que, caso se emplear varios de estos cañones, podían ser ciertamente devastadora, pero nada más.

Bien, hechas estas aclaraciones iniciales vamos al grano. A la derecha podemos ver el cañón diseñado por este polifacético sujeto. De entrada salta a la vista su novedoso diseño con ese trípode regulable y con el arma montada sobre un afuste que le permitía girar 360º y ajustar el ángulo de tiro vertical. El arma constaba de un único cañón de bronce de 91 cm. de largo que, al parecer, podía servirse en tres calibres de 1, 1'25 y 1'5 pulgadas, o sea, 25'4, 31'8 y 38,1 mm. Dicho cañón era alimentado por un cilindro que, según el calibre y el tipo de munición, disponía de seis, nueve u once recámaras. Inicialmente, el de seis era para disparar proyectiles cuadrados mientras que los otros dos eran para munición esférica convencional. Lo de los proyectiles cuadrados era una extravagante ocurrencia de Puckle ya que decía estaban destinados a abatir a los infieles otomanos para, según sus propias palabras, ponerlos al corriente de "los beneficios de la civilización cristiana", que por lo visto consistía en que te matasen a balazos. Los proyectiles esféricos, en teoría menos dañinos, eran para masacrar bonitamente a los buenos creyentes, faltaría más. En fin, una chorrada semejante solo se le puede ocurrir a un inglés (Dios maldiga a Nelson).

El arma fue registrada con el número de patente 418 el 15 de mayo de 1718  según el pliego que vemos a la izquierda, donde se explican con pelos y señales los componentes del cañón e incluso la turquesa con la que fundir los proyectiles ya que en aquella época entró en vigor la norma mediante la cual era obligatorio para obtener la patente presentar un plano del invento, así como una descripción del mismo y su funcionamiento. El texto que aparece en la parte inferior es una especie de memoria-dedicatoria firmada por Puckle haciéndole la pelota más desmedida al monarca, echándole flores a mansalva e informándole humildemente que con ese chisme podrá acabar con todos los enemigos de sus dominios. Como se ve en la parte superior, recibió el nombre de Defence, y continuación se añade una curiosa nota que transcribo literalmente:

"Defending king George your country and lawes is defending yourselves and protestant cause. "

Para los que no entiendan la abominable lengua de los anglosajones viene a querer decir: "Rey Jorge, defendiendo su país y sus leyes está defendiéndose a sí mismo y a la causa protestante". Es evidente que este sujeto estaba pelín obsesionado por la cosa religiosa, ¿no? Por cierto que la letanía haciéndole la pelota al rey está fechada unos días después de la presentación de la patente, concretamente el 25 de julio siguiente.

Ejemplar conservado en la Torre de Londres que muestra el arma cargada
con el tambor para balas cuadradas redentoras de infieles otomanos. Pero
lo que creo que no tuvo en cuenta es que al entrar por el ánima cilíndrica
del cañón tomarían esa misma forma.
Pero el Defence, a pesar de que en la patente especificaba que era válido "para defender puentes, brechas, líneas, pasos, barcos, botes, casas y otros lugares" no estaba en realidad destinado a nutrir la infantería ni la artillería del gracioso de su majestad, sino la Navy. De ahí el empeño de la chorrada de las balas cuadradas para hacerle más la puñeta a los otomanos, más concretamente a los piratas berberiscos que infestaban el Mediterráneo y parte del Atlántico y a los que Puckle deseaba con toda su alma hacerles sentir la ira de Dios en forma de plomo cúbico. 

Vista trasera del Defence
Así pues, este artefacto tenía su verdadero potencial cuando fuese instalado en las bordas de los barcos de su majestad para repeler con eficacia y contundencia los intentos de abordaje por parte de los malvados piratas. Si observamos el afuste regulable nos podremos dar cuenta de un detallito, y es que la regulación vertical alcanzaba un ángulo de depresión muy superior al de elevación, -60º concretamente, es decir, que estaba diseñado para apuntar ante todo hacia abajo, o sea, en los instantes previos al hipotético abordaje de un navío inglés por parte de un bajel o un jabeque berberiscos cuya obra muerta era generalmente de una altura inferior.

Foto decimonónica que muestra el Defence con el tambor
para bala esférica montado en el arma y el anti-turcos
en el suelo, en este caso una versión de 9 recámaras ya
que la original para este tipo de munición era de solo 6
Puckle hizo lo imposible para convencer al personal de que su invento era una maravilla, pero topó con lo mismo que Simms con su primer carro de combate: la incredulidad de los mandamases que, para más inri, en aquellos tiempos no eran militares de academia- entre otras cosas porque las academias militares aún estaban por inventar- sino aristócratas que compraban sus rangos soltando buenas guineas a las arcas del rey. O sea que, salvo honrosas excepciones, no eran precisamente unos genios de la guerra. Y el hecho es que el cañón de Puckle podía vaciar un tambor de nueve disparos en un minuto, lo que suponía el triple de lo que podía disparar un fusilero bien entrenado. Pero no le hacían puñetero caso, pobre hombre... No obstante, no desfallecía en su empeño ya que el 31 de marzo de 1722 un periódico de Londres informó que se había llevado a cabo una prueba con el dichoso cañón en la que se efectuaron nada menos que 63 disparos en 7 minutos, lo que en aquellos tiempos era algo asombroso y, para mayor mérito, bajo una tormenta de las que hacen época, lo que habría inutilizado cualquier mosquete reglamentario. Sin embargo, el sistema de cierre de los fogones de las recámaras diseñado por Puckle impedía la entrada de humedad, por lo que la prueba se llevó a cabo sin un solo fallo. Bueno, pues ni por esas. Los lores no acababan de verle la punta al invento para mayor desesperación de su inventor.

El duque de Montagu, único usuario y
cliente de James Puckle.
Al final tuvo que ceder ante lo inexorable y reconocer que debía esperar a su siguiente reencarnación para inventar algo por el estilo. No obstante, logró un encargo de dos unidades por parte de lord John Montagu, II duque de Montagu, que adquirió dos unidades a título personal cuando el rey Jorge lo nombró gobernador de las islas de Santa Lucía y San Vicente en junio de 1722. Sin embargo, al poco tiempo los gabachos (Dios maldiga al enano corso) echaron a patadas al duque de su recién estrenado dominio, y no hay constancia de que los cañones de Puckle llegaran a usarse para mostrar a los enemigos las excelencias de la inventiva inglesa. Con todo, los dos cañones retornaron al terruño ya que, al parecer, ambos se conservan en dos antiguas posesiones de los Montagu: Boughton House, en Northamptonshire, y en el palacio de Beaulieu en Essex. También ser conserva otro, seguramente el prototipo original, en la Armería de la Torre de Londres si bien parece ser que hay otro en el Royal Armouries de Leeds que, al decir de algunos, son en realidad la misma arma. Sea como fuere, sus acabados son verdaderamente buenos, con unos niveles de calidad excelentes. Igual si hubiese fabricado un churro le hacen más caso al pobre...

Jabeque español. Estos navíos de origen árabe no solo
eran usados por piratas sino por las armadas de
varios países debido a su velocidad, maniobrabilidad y
potencia de fuego, pudiendo navegar tanto a vela como a
remo.  Eran lo que se dice unos malos bichos.
En fin, así fue la breve pero intensa historia de la que muchos consideran la primera ametralladora del mundo. Cuando Puckle palmó en 1724 sus descendientes no se tomaron el más mínimo interés en seguir promocionando el invento paterno, que quedó relegado a una mera curiosidad histórica y santas pascuas. No obstante, lo cierto es que podrían haber dado un buen servicio emplazados en los barcos mercantes que eran el principal objetivo de los piratas (no iban a enfrentarse a un navío de línea de 84 cañones, como es lógico), que se llevarían una desagradable sorpresa al ver caer sobre ellos una lluvia de balas ya que podrían usarse formando baterías de varias piezas con las recámaras cargadas con postas o con balas alambradas. Pero, en fin, así son las cosas y por culpa de mucho tonto de baba pasan las cosas que pasan. Veamos a continuación como funcionaba el chisme que nos ocupa...

A la derecha tenemos una vista trasera del arma en la que se aprecia la manivela que permite desmontar el tambor y, debidamente numeradas, las posiciones de las recámaras, nueve en este caso. Para impedir errores, en la parte interna está provisto de una rueda dentada que obliga al tambor a girar en el sentido contrario de las agujas del reloj. Para posicionar una recámara ante el cañón bastaba aflojar el tambor girando la manivela, posicionarlo a mano y volver a apretar, quedando de ese modo obturada el arma. Sobre el tambor podemos ver la llave de chispa que no era necesario cebar a cada disparo ya que dicho cebado estaba ya previsto en los fogones del tambor.

En esa otra foto podemos ver la placa soporte de la llave de chispa abatida hacia adelante si bien no era necesario colocarla así para girar el tambor, sino solo lo justo para permitir su giro. En el círculo rojo podemos ver uno de los fogones tapado con su cubierta giratoria, mientras que en el círculo azul tenemos el de la siguiente recámara ya abierto, dejando a la vista el oído de la recámara. La apertura se llevaba a cabo en realidad ayudado por la placa de mecanismos la cual tenía previsto un pequeño orificio donde quedaba encajado el botón de la tapa del fogón para impedir fallos o aperturas incompletas. La flecha azul señala dicho orificio, mientras que la roja muestra otro de mayor diámetro que será por donde la chispa se comunique con el oído de la recámara.

Ahí tenemos el cañón con el tambor desmontado. Debemos tener en cuenta que, en teoría, cada pieza llevaría como dotación varios de estos tambores los cuales estarían cargados y cebados, listos para su uso. De ese modo se podría mantener una cadencia de tiro impensable para la época, así como desplegar una potencia de fuego equivalente a varias decenas de fusileros disparando sin parar. El paso de rosca es donde era atornillado el tambor mediante la manivela que formaba parte solidaria del mismo, o sea, cada tambor tenía su propio manubrio. La flecha azul señala el retén que impedía girar el tambor en sentido opuesto, y la roja nos muestra el abocardamiento que daba al ánima forma de embudo para facilitar el posicionado de cada recámara.

Vista superior de la placa de la llave. La flecha azul señala el rastrillo. La amarilla la mordaza que sujetaba la piedra, y la roja la palanca de disparo. Así pues, la secuencia completa sería: alinear la recámara, apretar la manivela, abatir el rastrillo, amartillar y dar un golpe con el puño en la palanca de disparo. A continuación solo había que aflojar el tambor girando la manivela apenas un cuarto de vuelta, alinear la siguiente recámara, apretar la manivela y repetir el ciclo. Como vemos, una velocidad galáctica si lo comparamos con la secuencia de carga de un mosquete. Una vez agotada la munición solo habría que sustituir el tambor vacío por otro cargado, operación que se podía efectuar en escasos segundos.

Bueno, básicamente así es como funcionaba este peculiar cañón que, las cosas como son, en todo momento se mostró más que fiable. Pero aún tuvieron que pasar más de cien años para que la tecnología del momento hiciese... "aceptable" la existencia de máquinas de este tipo. Los seres humanos o, al menos, una gran parte de ellos son así de cretinos, me temo (me van a perdonar, pero yo me excluyo porque los más necios suelen ser los que detentan algo de poder). Ah, por cierto, las fotos del funcionamiento proceden de una réplica que se conserva en el Buckler's Hard Maritime Museum de Hampshire, por eso luce tan flamante.

En fin, ya'tá...

Hale, he dicho




jueves, 10 de agosto de 2017

Curiosidades. Armas de asesinato


Armas con que solían equipar a los agentes del SOE. Abajo del todo vemos un hatpin de asesinato

Cualquiera que lea el título pensará que es una perogrullada de primera clase ya que, como todos sabemos, las armas están ideadas para asesinar ciudadanos, enemigos y, por supuesto, cuñados. Sin embargo, dentro de toda la gama de armas adecuadas para aliñar al personal las hay más aparatosas, válidas para ser empleadas en cualquier circunstancia, y las hay más discretas, pensadas para darle boleta al adversario de forma taimada, sutil, alevosa y silenciosa. Armas creadas exclusivamente para ser usadas en callejones procelosos, en sórdidas habitaciones de espías desalmados o incluso en el lujoso toilette del Ritz de París o en el retrete de la fonda de la tía Severiana, la más selecta de la aldea.

Comandos británicos aprendiendo a manejar con
eficacia el Fairbairn-Sykes, en este caso intentando
seccionar la carótida
Puede que alguno me diga que eso no es ninguna novedad, que a finales de la Edad Media ya se idearon los estiletes, el arma propia de asesinos de las que ha hablamos en su día y que, ciertamente, dieron un buen servicio en las cortes renacentistas cuando era preciso quitar de en medio a un embajador excesivamente cotilla, a un enemigo político que se estaba poniendo muy pesadito o, por qué no, a un clérigo que tenía más interés por los asuntos del siglo que por los espirituales, desde simples párrocos a pontífices.

Pero, cuestiones de crímenes de estado aparte y como ya hemos detallado en varias entradas, a raíz de la Gran Guerra se desarrollaron una serie de armas destinadas a la cruenta y feroz guerra de trincheras, sobre todo cuchillos y dagas adecuados para apuñalar con saña bíblica al enemigo cuando se daba un golpe de mano en plena noche o cuando un ataque convencional acababa en una matanza dantesca en la estrechez de las trincheras. Fue precisamente la necesidad de disponer de armas eficaces para matar de forma rápida y silenciosa lo que hizo que durante los años 20 los milites, que se aburrían como galápagos en sus salas de banderas, se dedicasen a estudiar con detenimiento tanto la creación de tropas cada vez más especializadas para actuar de forma contundente y rápida como los arditi italianos o las sturmtruppen tedescas y, de paso, diseñar armas cada vez más refinadas para dar matarile al enemigo. Así nacieron los que hoy conocemos como comandos, que durante la Segunda Matanza Mundial dieron tanto que hablar a raíz de sus operaciones tras las líneas germanas en la Francia ocupada y cuya finalidad era especialmente el sabotaje y el asesinato tanto de militares como de supuestos o probados espías, colaboracionistas, etc.

Surtido de puñeterías usado por los instructores del SOE
Y para ello, como podemos imaginar, no podían pasearse por el mundo con un cuchillo de cocina o un hacha, sino con sutiles armas capaces de dejar en el sitio al más pintado y, además, ser tan discretas que incluso podrían pasar desapercibidas en un cacheo en plena calle o, ya puestos, incluso tras una detención y posterior traslado a un centro de internamiento o un campo de prisioneros. Los pioneros en el estudio y desarrollo de operaciones de este tipo, así como de las armas adecuadas para ello fueron los comandos y el SOE (Special Operations Executive) británicos (Dios maldiga a Nelson) y el OSS (Office of Strategic Services) de los yankees.  Así pues, esta entrada la dedicaremos a ver algunas de esas curiosas armas con las que los agentes infiltrados tras las líneas alemanas hicieron cantidad de puñeterías de la forma más alevosa posible, que ya sabemos que en la guerra vale todo salvo usar cuñados contra el enemigo porque eso está prohibido por la Convención de Ginebra y está considerado como crimen de guerra.

Hasta pipas asesinas idearon, para que además de matarte
el tabaco te matara el punzón que iba dentro de la boquilla
Antes de empezar debemos tener en cuenta un detalle. Este tipo de armas no tenían nada que ver con cuchillos especializados como el Fairbairn-Sykes o los cuchillos con nudilleras que ya hemos visto. O sea, carecían de hojas convencionales lo suficientemente afiladas como para producir hemorragias lo bastante abundosas como para producir un shock hipovolémico en cuestión de segundos. Antes al contrario, estas armas asesinas eran simples punzones provistos de hojas de sección triangular, romboidal o incluso cilíndrica, lo que conllevaba un problema añadido que no era cosa baladí, ya que carecían de la capacidad de letal de los cuchillos antes mencionados por la simple razón de que era muy difícil perforar en un forcejeo una carótida o una radial, así que no quedaba más remedio que lanzar el puntazo a los dos únicos sitios donde se podría aliñar a la víctima en un periquete: en los ojos o en los oídos, llegando así al cerebro sin problemas. Pero eso no era fácil y requería una gran decisión y sangre fría ya que no es lo mismo apuñalar sañudamente a un enemigo en el fragor del combate que ir por la calle, cruzarse con un ciudadano, darle las buenas tardse y, nada más pasar de largo, volverse, agarrarlo por la barbilla y meterle medio palmo de acero por una oreja.

Pero no todo eran inconvenientes. De hecho, en los estudios que se llevaron a cabo tras la guerra acerca de las heridas de bayoneta se pudo corroborar que los modelos con hoja, o sea, el cuchillo-bayoneta, producía unas heridas menos profundas que las de cubo como, por ejemplo, las del Mosin-Nagant ruso. Al parecer, las primeras tenían una capacidad de penetración inferior por lo que el uso de armas con una hoja literalmente como una aguja tendrían, al menos en teoría, más facilidad para alcanzar órganos vitales en la fracción de segundo disponible para acabar con la víctima. Además, en caso de apuñalar a un enemigo en una zona cubierta de ropa había más probabilidades de penetrar hasta el interior del cuerpo que si se usaba una hoja convencional, así que tuvieron claro que lo suyo era diseñar armas que eran talmente punzones. Da repeluco, ¿que no? En fin, aclarado este punto vamos sin más historias al asunto...

Bueno, el primero que vamos a ver es un chisme más básico que el cerebro de un político y que, curiosamente, ya tenía sus antecedentes como arma defensiva desde hacía bastantes años. Hablamos de los hatpins, los alfileres de sombrero que usaban las mujeres a finales del siglo XIX y a principios del XX para sujetarse sus tocados y que no salieran volando. Estos alfileres, fabricados tanto de metal como de madera, hueso y otros materiales similares, estaban rematados con adornos más o menos elaborados de latón, plata o incluso oro, siempre dependiendo del poder adquisitivo de la dueña del sombrero. Bien, pues ya a comienzos del siglo XX y según vemos en la ilustración de la derecha, se alentaba al uso de estos alfileres, algunos de más de 25 cm. de largo, para deshacerse de algún alevoso malhechor que quisiera robarles o, peor aún, ultrajarlas vilmente. Según vemos en las fotos, mientras el villano ataca a traición a la dama esta agarra uno de sus alfileres (era habitual llevar dos o tres dependiendo del tipo de sombrero) y, girándose, le asesta un puntazo en plena jeta. El dolor producido más el factor sorpresa harán el resto ya que el villano soltará a su presa, la cual podrá salir echando leches dando alaridos en busca de ayuda. 

Bien, pues estos hatpins fueron adoptados como arma de asesinato en la forma que vemos en la ilustración de la derecha. Como se puede apreciar, el típico remate de adorno ha sido sustituido por una empuñadura en forma de perilla plana fabricada con aluminio en la que se ha embutido una hoja de acero aguzadísima de sección triangular y de 20,3 cm. de largo. La longitud total del arma era de 23 cm., y estaba provista de una funda de cuero con una o dos presillas a fin de sujetarla al brazo o a la pierna. La forma de empuñar el arma era tal como vemos en el dibujo, y ciertamente sus 20 cm. de acero eran suficientes para meterlos por una oreja y sacar la punta por la otra. Qué desagradable, ¿no? Cabe suponer que sus efectos serían fulminantes ya que el mismo forcejeo de la víctima contribuiría a aumentar los daños en la sesera.

Una variante de los hatpins era el modelo que vemos a la derecha, que nos recuerda un poco a las dagas de puño Robbins que ya estudiamos en su momento si bien en este caso las anillas eran simplemente la empuñadura, sin ningún cometido ofensivo. Dichas anillas eran para los dedos índice, corazón y anular, lo que permitía un sólido agarre y una notable potencia de empuje para clavar su hoja de 13 cm. de largo. Para hacerla más discreta y que no despidiese posibles reflejos que delatasen al asesino los anillos, fabricados de aluminio, estaban pintados de tonos oscuros mientras que la hoja era pavonada de negro.

A la derecha tenemos otra tipología. En este caso se trata de dos estiletes fabricados de una sola pieza de acero, el superior con una longitud total de 165 mm. mientras que el inferior es un poco mayor, 178 mm. La sección de sus aguzadas hojas es triangular mientras que las empuñaduras son, en el modelo superior, cuadrangular, y en el inferior ovalada. En ambos casos están rematadas con una protuberancia en forma de champiñón para permitir imprimir una energía suficiente en caso de empuñarlas tal como vemos en el dibujo, o sea, como un picahielos. En semejante posición era bastante factible introducir la hoja por un ojo, atravesando la fina pared del esfenoides (parte trasera de la cuenca orbital) y llegando al cerebro en un periquete. 

Por último, a la derecha podemos ver otros dos tipos aún más básicos pero no por ello menos eficaces. Se trata de dos punzones de 25,5 cm. de largo en los que, tal como podemos apreciar, actúan como empuñaduras sendos cordeles enrollados en un extremo lo cual facilita el empuñe por engrosar el arma, muy fina de por sí, y mejora el agarre en caso de tener la mano húmeda de sudor o manchada de sangre. Pero lo más curioso son las lazadas que salen del encordado. La más pequeña era para introducir el dedo pulgar, y la grande para envolver la mano de forma que el agarre fuese aún más sólido de cara tanto a efectuar un apuñalamiento más contundente como para facilitar la extracción, para lo cual el modelo de la derecha tiene el extremo superior terminado en forma de gancho, lo que dificultaría aún más la pérdida del arma.

En fin, creo que con los modelos presentados podemos hacernos una clara idea de en qué consistían este tipo de armas. A modo de conclusión citaremos una serie de lápices y plumas en cuyo interior se escondían agujas de pequeñas dimensiones y que, en un alarde de imaginación, disponían de mina de grafito o de tinta para pasar sin problemas cualquier tipo de registro. En caso de necesidad bastaba romper un extremo, quedando a la vista la punta del punzón, hincárselo al que lo había apresado en un ojo y largarse como si tal cosa. El no va más es la virguería que vemos a la izquierda, construida por una empresa filipina para su venta a título particular a los yankees. Consistía en un chisme con apariencia de bolígrafo mondo y lirondo que, en realidad, albergaba en su interior una hoja que convertía el boli en una navaja de mariposa. Esto no es en sí un arma de asesinato sino más bien de supervivencia, pero por lo curioso de la misma no he querido dejarla pasar de largo.

En fin, como vemos no hace falta disponer de armas sofisticadas para acabar con la miserable existencia de un enemigo correoso. Solo era necesario tener la decisión para actuar sin contemplaciones y ser capaz de reprimir los forcejeos de la víctima mientras la puñalada hacía efecto ya que, paradójicamente, era mucho más efectivo seccionar una carótida que traspasar la masa cerebral de lado a lado. En todo caso, los efectos de ese tipo de heridas pueden verlas en la entrada que se dedicó al Fairbairn-Sykes.

Bueno, por hoy ya vale.

Hale, he dicho


martes, 8 de agosto de 2017

Curiosidades. El primer carro de combate


El Motor War Car con su inventor a bordo

Si en la entrada anterior vimos el que podemos considerar como el primer vehículo blindado autónomo, en esta estudiaremos el que fue el primer carro de combate, o sea, un vehículo automotriz provisto de armamento ofensivo. Obviamente, su aspecto no se asemeja al concepto de carro que se impuso a raíz de la Gran Guerra ya que todo invento tiene sus comienzos y posterior evolución hasta dar con el diseño más adecuado, así que conviene que, por un rato, despojemos nuestras mentes del típico chisme sobre orugas con una torreta y un cañón que todos conocemos.

La idea de crear un vehículo de combate automóvil fue del probo ciudadano británico (Dios maldiga a Nelson, como está mandado) que vemos en la foto de la derecha y que, curiosamente, es un gran desconocido para el público en general a pesar de ser un pionero de la industria automovilística y creador de dos palabras que usamos a diario tropocientas veces, gasolina y automóvil (en inglich, naturalmente). Se trata de Frederick Richard Simms (1863-1944) que, aunque nacido en Hamburgo en el seno de una familia de inmigrantes británicos tenía, como se aprecia en la foto, una pinta de british acojonante con su bombín, su cuello duro y sus patillas propias de contramaestre de la Navy. Simms, que gracias a su amistad con Gottlieb Daimler se hizo con los derechos de explotación de sus motores de gasolina en Gran Bretaña, no solo fue un innovador de primera clase en la naciente industria del automóvil, sino que se interesó en grado sumo por sus aplicaciones militares, que como vimos en la entrada anterior era un campo con inmensas posibilidades de cara a explotarlo con los nuevos motores que se inventaron a finales del siglo XIX.

El primer invento de aplicación bélica del creativo Simms fue un cuadriciclo provisto de un pequeño motor de 1'5 H.P. armado con una ametralladora Maxim refrigerada por aire ya que se consideraba un engorro el añadido del habitual depósito de agua refrigerante habitual en las máquinas de la época. Para defensa del conductor se había instalado un escudo de chapa gracias al cual el ocupante del vehículo podía ser acribillado por todas partes menos por el frente. El vehículo, que fue bautizado como Motor Scout (Explorador a Motor), fue diseñado en 1898 por encargo de la firma Vickers, Son & Maxim Ltd., y fue presentado al público en junio del año siguiente. En la foto superior podemos ver al prolífico Simms a bordo del vehículo, conduciendo con la ayuda de un manillar mientras que con la mano derecha empuña la ametralladora. El Motor Scout, como es lógico, tenía sus limitaciones y, en sí, su mismo nombre no engañaba a nadie. Era un mero vehículo ligero destinado llevar a cabo misiones de exploración y enlace cuya ametralladora podía dar que pensar a posibles patrullas enemigas que intentar apresar a su ocupante era un tanto peligroso. 

Pero el ingenio de Simms no se limitaba a lo que hoy sería un quad ametrallador con el que los frikis es estos peculiares vehículos flipan en colores haciendo el gamba por mitad del campo. En la misma época en que andaba liado con el diseño del Motor Scout tuvo noticia de un vehículo de combate creado por un tal Edward Joel Pennington, un yankee tan imaginativo como el inglés que, además de llevar a cabo mogollón de inventos dentro del campo de la automoción y la aeronáutica, parece ser que acuñó la palabra motocicleta (motorcycle, en la abominable lengua de los anglo-sajones). El invento de Pennington, que podemos ver en el grabado superior, consistía en un pequeño vehículo blindado armado con dos ametralladoras Colt que, aunque apareció en la prensa de la época, por lo visto no fue más allá de la mesa de diseño. Pero el concepto de vehículo armado caló en Simms, que no tardó ni medio segundo en hacer el suyo propio con tal semejanza al del yankee, al menos en lo referente a su morfología externa, que podríamos considerarlo como un plagio de tomo y lomo.

Así pues, nuestro hombre llevó a cabo un par de diseños claramente basados en el de Pennington que, aunque había sido presentado al público, posiblemente no pudo patentarlo porque, según parece, este hombre siempre anduvo escaso de peculio. Uno de ellos fue el que vemos a la izquierda que, en vez de circular por carreteras, estaba concebido para desplazarse por raíles, quizás pensando en que sería más útil de cara a su empleo en la guerra que su país mantenía con los belicosos bóers en Sudáfrica. Como salta a la vista, su parecido con el de Pennington no es precisamente pura coincidencia. Según parece se fabricó un único ejemplar, el que vemos en la foto, el cual fue enviado a Sudáfrica sin que haya noticias de su paradero, su funcionamiento o siquiera si llegó a entrar en acción. Lo más probable es que cualquier mandamás ultraconservador lo mandase guardar en cualquier acuartelamiento a la espera de que se pudriese, como era habitual en aquellos tiempos con las cosas que se salían de los cánones establecidos.

El otro diseño, y este sí que podemos considerarlo como el primer carro de combate convencional, podemos verlo a la derecha. Consistía en un chasis sobre el que se montaba un casco con forma, valga la redundancia, de casco de barco. El motor iba en el centro del vehículo y estaba armado con dos ametralladoras Maxim refrigeradas por agua e instaladas en sendas torretas giratorias, una en cada extremo del vehículo. Sin embargo, este diseño inicial no llegó a fabricarse ya que se llevaron a cabo una serie de modificaciones antes de pasarlo de la mesa de diseño al taller.

El resultado podemos verlo en la foto de la izquierda y, una vez más, su semejanza con el de Pennington es sospechosamente similar. Como se puede ver, las torretas fueron desechadas y en su lugar se instaló en la parte delantera un cañón de tiro rápido Maxim de 1 libra, mientras que en la parte trasera se colocaron dos ametralladoras Maxim que, inicialmente, disponían de escudo frontal el cual fue posteriormente eliminado, seguramente para ahorrar peso ya que el motor no era precisamente una bestia. No obstante, Simms aseguraba que incluso podría instalarse en el vehículo un cañón de 6 libras, que era la pieza de artillería de campaña estándar de la época, y que la tripulación podía incrementarse en 8 hombres, convirtiendo así el vehículo en un transporte de tropas blindado de lo más eficaz . El acceso al interior queda patente en la foto: una simple escala de cuerda que aunaba lo práctico con lo económico, pero suficiente para que sus cuatro tripulantes pudieran entrar en el vehículo que fue bautizado como Motor War Car, uséase, Vehículo de Guerra a Motor. No se devanó mucho los sesos el tal Simms a la hora de elegir un nombre para su invento.

Vista trasera del Motor War Car. Como podemos ver, por la
forma del casco en sus extremos podía actuar como ariete
contra fortificaciones ligeras del enemigo.
El Motor War Car estaba construido por la Vickers mediante un chasis principal con largueros de acero en forma de U sobre el que se instalaba otro armazón, en este caso de tubos, sobre el que iba el motor. El caparazón del blindaje de 6 mm. de grosor también estaba fijado al armazón del motor, pero pronto se comprobó que las vibraciones producidas al desplazarse y por el retroceso de las armas hacían que los remaches que lo sujetaban se cayesen, por lo que hubo que idear un nuevo sistema de fijación consistente en unir el blindaje al chasis mediante unas pequeñas ballestas que absorbiesen las trepidaciones, lo que de propina sirvió para aumentar un poco la resistencia del blindaje al resultar más flexible y, de ese modo, absorber la energía de los proyectiles enemigos. El motor era un Connstatt-Daimler de 4 cilindros y 16 H.P. de potencia que le permitían desplazarse a una velocidad máxima de 14 Km/h. Podía funcionar tanto con gasolina como con aceite pesado, lo que le convierte en un preclaro antecesor de los motores policarburantes que usan los carros de combate modernos. En cuanto a la transmisión, consistía en una simple cadena de rodillos conectada desde el motor a las ruedas traseras, estando provisto de una caja de cambios con 4 velocidades hacia adelante y una hacia atrás. Lo que no ha llegado a nuestros días es el peso total del ingenio, que no debía ser una pluma precisamente. En cuanto al tren de rodaje, las ruedas estaba fabricadas de madera con las llantas de acero. Las traseras, más grandes, medían 122 cm. de diámetro y 15 de ancho mientras que las delanteras, más pequeñas, tenían un diámetro de 91 cm. y 9 de ancho. La suspensión trasera era de ballestas y la delantera de muelles helicoidales y, según aseguraba Simms, su sistema de frenado permitía detener totalmente el vehículo en poco más de 7 metros gracias a su mecanismo combinado que actuaba sobre el buje de las ruedas traseras y las llantas de las mismas con la ayuda de una rueda manual que manejaba el conductor. 

Presentación del Motor War Car en el Crystal Palace. Como se ve, levantó
una gran expectación entre el público asistente al evento.
El Motor War Car fue presentado al público y a la prensa el 4 de abril de 1902 en el Crystal Palace de Londres, causando verdadera sensación y, posiblemente, el desmayo de alguna que otra dama ante la visión de aquella máquina apocalíptica. Sin embargo, no estuvo presente absolutamente NA-DIE del War Office. Pero nadie, nadie, ni un mal tenientillo que luego se dignara informar a sus superiores del Estado Mayor. De hecho, y según manifestó el mismo Simms posteriormente, un oscuro comité nutrido por militares de elevado rango decidió descartar cualquier tipo de apoyo o siquiera darse por enterados de la existencia de aquel diseño que, de haber tenido la aceptación adecuada, podría haber sido decisivo a la hora de desarrollar los carros de combate que, apenas 13 años más tarde, demostraron que serían el arma del futuro. Como era por desgracia tan habitual en los estados mayores de la época, cualquier cosa que oliera a novedad o que imaginasen que les restaría influencia y/o poder les daba tal repeluco que se negaban en redondo a aceptarla. Y lo bueno es que el desdén del ejército por el invento de Simms no pasó desapercibido ya que incluso hubo algún que otro periódico que se hizo eco del vacío que se le hizo en la presentación oficial, asegurando con bastante ironía que para el War Office era en aquel momento mucho más importante el diseño de una gorra de plato o un troquel para un nuevo modelo de botón que aquel tipo de armas. Sea como fuere, la cosa es que el carro de combate de Simms no pasó del prototipo inicial y, como siempre, los responsables de la desidia que impidió que se pudieran tal vez ahorrado cientos de miles de vidas en la Gran Guerra no tuvieron que dar cuenta de su incuria. Y ojo, que hoy día sigue pasando lo mismo como vemos a diario en políticos que se van de rositas a pesar de dejar la economía de un país en la ruina, permitiendo desmanes sin cuento o metidos en guerras de dudoso final.

En fin, ya seguiremos que es la hora del paseo vespertino, amén de los amenes.

Hale, he dicho

domingo, 6 de agosto de 2017

Curiosidades. El primer vehículo blindado




Apostaría diez barriles de zumo de cebada helaíto der'tó a que si le preguntamos a cualquier cuñado que tiene ya la butaca amoldada al cuerpo de tantas horas viendo documentales del Canal Historia cual fue el primer vehículo blindado- operativo, claro, no vamos dejarle salir con lo de Leonardo da Vinci-, nos enumerará con voz campanuda y dándose aires de sapiencia infinita los modelos británicos fabricados a partir de 1916. Está de más decir que, en ese caso, podremos humillarlo bonitamente por enésima vez y lo dejaremos hundido en la butaca lloriqueando amargamente y, con suerte, igual decide poner fin a su existencia.

La verdad es que lo que conocemos hoy día como carro de combate, o sea, un vehículo blindado sobre orugas, serían la "Tritton Machine" y el "HMLS Centipede", apodado Mother y que fue, como su nombre indica, la madre de los Male y Female de los british (Dios maldiga a Nelson), contemporáneos a los Schneider y St. Chamond de los gabachos (Dios maldiga al enano corso). Pero la cosa es que hemos preguntado al llorón del cuñado por el primer vehículo blindado en general, independientemente de que tuviese orugas, gusanos o simplemente ruedas, y ahí es donde podremos apuntillarlo gallardamente.

La cuestión es que, contrariamente a lo que muchos creen, el concepto de blindar y armar un vehículo con fines militares era bastante anterior a la Gran Guerra. El único inconveniente que se presentaba era dotarlo de una fuente motriz capaz de mover el ingenio de forma autónoma y no mediante pencos suicidas como el famoso y nada práctico diseño del visionario florentino o, ya puestos, como los transportes de tropas que ya aparecían en los manuscritos de finales de la Edad Media obra de Konrad Kyeser y demás sesudos ciudadanos. Así pues, no fue hasta la aparición de la máquina de vapor cuando semejante idea pudo empezar a plantearse seriamente. Así, en 1770 un probo inventor gabacho por nombre Nicolas-Joseph Cugnot,  al que sus paisanos consideran como el padre del primer vehículo automóvil, ofreció su diseño, un trasto a vapor como el que vemos en el grabado superior, como tractor de artillería ya que afirmaba era capaz de tirar de cuatro toneladas. Como está mandado, no le hicieron mucho caso al pobre hombre ya que, por norma, todos los que mandan en los ejércitos son especialmente remisos a aceptar nuevos métodos, sistemas o simples ideas que se salgan de lo establecido, al menos hasta tiempos recientes en que los milites se han vuelto más abiertos a las novedades por la cuenta que les trae.

Vehículo a vapor de Dickinson. Cabe suponer que el tiro de caballos era
para acercarlo al frente y, a partir de ahí, moverse de forma autónoma
Tras el intento de Cugnot hubo un nuevo amago de darle a los motores de vapor un uso militar, en este caso en plena Guerra de Secesión por parte de un sureño por nombre Charles S. Dickinson, que ideó en 1861 un vehículo blindado parcialmente sobre el que iba instalado un cañón, o sea, un carro de combate según los conceptos de nuestros días. Sin embargo, el invento cayó en manos de las tropas de la Unión antes siquiera de haber podido entrar en acción, y ahí quedo la cosa. Hubo que esperar a los albores del siglo XX para ver el nacimiento de un vehículo blindado que no solo funcionaba, sino que marcó el inicio de lo que sería un nuevo tipo de armas que no solo ha llegado a nuestros días, sino que son el pilar de cualquier fuerza terrestre si se quiere apiolar con rapidez y eficacia a los enemigos. Es más, este nuevo concepto no tardó en calar entre los milites de la época, y desde 1900 hasta el comienzo de la Gran Guerra se diseñaron una serie de vehículos que, por lo general, suelen ser grandes desconocidos por lo que en sucesivas entradas los iremos estudiando poco a poco para, con los conocimientos adquiridos, añadir un puñetero clavo más al ataúd académico del cuñado más despreciable y sabihondo.

 Bien, hecho pues este introito inicial aclaratorio, vamos al grano...

Milicianos bóers. A pesar de su aspecto poco
marcial, estos colonos incordiaron en grado
sumo a los british.
Como es de todos sabido, no hay nada como las guerras para agitar los magines del personal, que con las premuras por derrotar al enemigo, o impedir que este les derrote, se sacuden las telarañas de las neuronas y se ponen a inventar que es una cosa mala. Eso sucedió a raíz de los violentos cambios de impresiones que los british tuvieron con los bóers por la posesión de Sudáfrica allá por las postrimerías del siglo XIX, cuando los belicosos descendientes de los colonos holandeses sacaban de sus armeros sus magníficos rifles para matar elefantes y dejaban a los soldados del gracioso de su majestad que daba pena verlos. En el War Office, el Ministerio de la Guerra, de los british tenían cada vez más claro que en aquel contexto bélico no estaría de más ir mecanizando a las tropas, concretamente la intendencia y la artillería, para poder trasladar de un sitio a otro tanto los suministros necesarios para el mantenimiento de las tropas como el desplazamiento de sus baterías con la máxima premura ya que los bóers tenían la irritante costumbre de moverse como culebras por aquella tierra que conocían como las apetencias etílicas de sus cuñados.

Así pues se recurrió a los tractores a vapor fabricados por la firma John Fowler Co. Ltd., de Leeds, para poner en servicio una serie de vehículos que, previamente blindados, sirvieran para acarrear tanto bastimentos como artillería allá donde fuese necesario. En julio de 1900 llegó a Sudáfrica el primero de estos tractores acompañado de un tren de cuatro vagones que se vio ampliado con otro similar dos semanas más tarde. El vehículo en cuestión era el tractor Fowler modelo B.5s, un enorme trasto con un motor de 115 cv. que había sido enteramente blindado con chapa capaz de resistir cualquier proyectil disparado por armas ligeras. La caldera, situada en la parte inferior delantera, también había sido blindada con una chapa semicircular y las ruedas, enteramente metálicas, pues no podían pincharse a balazos. Para que la tripulación pudiera maniobrar adecuadamente el vehículo disponía de tres aspilleras a cada lado tal como se aprecia en la foto: dos mirando hacia atrás, una a cada lado y dos hacia adelante. Incluso el techo estaba protegido por un portón de gruesa chapa que, en caso de que el enemigo disparase desde una cota más elevada, se cerraba para que la tripulación permaneciese a cubierto.

En cuanto a los vagones, en las fotos de la derecha podemos ver su aspecto. Según se aprecia en la imagen superior, consistían en un chasis con cuatro ruedas con el eje delantero giratorio. El blindaje estaba formado por tres secciones con un portón trasero por donde podía incluso introducirse un cañón, tal como vemos en la foto inferior, con la ayuda de los raíles que aparecen enganchados en el chasis. Así mismo, en cada costado se abrían tres aspilleras desde donde los ocupantes del vehículo podían abrir fuego con total impunidad contra el enemigo salvo, eso sí, que les disparasen desde zonas elevadas porque los vagones, contrariamente a lo visto en el tractor, no disponían de blindaje en el techo, que lo más que podía era cubrirse con una lona para no achicharrarse con el sol o calarse hasta los huesos con la lluvia. Si tenemos en cuenta que cada tractor disponía de cuatro vagones tenemos que podían transportar al menos dos cañones de campaña con todos sus pertrechos, municiones, servidores e incluso una escolta para repeler un posible ataque, que eso de apoderarse de los cañones enemigos siempre ha sido una actividad predatoria sumamente beneficiosa.

En la foto de la izquierda podemos ver el aspecto de un Fowler B.5 con tres vagones y un cañón enganchado en el último. Lógicamente, las combinaciones que podían hacerse con este tipo de vehículo eran muy variadas en función de las necesidades de cada momento, dotándolos de una versatilidad nunca vista hasta aquella época y, lo más importante, sin depender de la tracción animal que, aunque aún perduró casi medio siglo más, no dejaba de ser un grave impedimento en multitud de circunstancias.

Un vagón totalmente cerrado. Se puede apreciar que las aspilleras disponían
de un cierre por la parte interior, así como la zapata de freno que llevaba
cada rueda trasera para inmovilizar el vagón durante la carga o descarga
de bastimentos o cañones.
En total fueron enviados a Sudáfrica cuatro de estos tractores con sus respectivos vagones, pero a algún genio de la guerra no se le ocurrió nada más absurdo que despojar a dos de ellos de su blindaje para usarlo en trenes, por lo que solo dos B.5 permanecieron operativos para cabreo de la sufrida infantería ya que la protección y la seguridad que les brindaban estos vehículos a las columnas de tropas que se desplazaban por carretera era algo nunca visto hasta entonces. Debemos tener en cuenta que los bóers se lo pensaban dos veces antes de atacar una unidad protegida por un vehículo blindado contra el que nada podían salvo que dispusieran de artillería de campaña y desde donde podían abrasarlos a tiros impunemente. 

Planos del Fowler B5 con un vagón
La guerra anglo-bóer acabó en mayo de 1902, por lo que no hubo mucho tiempo para extenderse en el uso táctico del tractor Fowler, ni tampoco el número de vehículos en liza permitió establecer unos baremos fiables en lo tocante a su eficacia. Sin embargo, un teniente coronel alemán, un tal Von Layriz que estuvo de observador en dicho conflicto junto a los british, tomó buena nota de las posibilidades de este tipo de vehículos, sugiriendo la posibilidad de instalar en los vagones cañones de tiro rápido para usarlos como una especie de carro husita moderno, una pequeña fortificación móvil que podía trasladarse y emplazarse rápidamente en cualquier punto sensible para su defensa contra ataques enemigos tales como puentes, nudos ferroviarios, carreteras, etc. El final de la guerra no permitió poner en practica la idea de Von Layriz, pero en cierto modo podemos decir que fue el germen de lo que más adelante sería uno de los usos tácticos de los carros de combate.

En fin, ya está. Voy a ver si la temperatura ha descendido un par de decenas de grados y puedo salir a la puñetera calle a estirar las piernas. Ya seguiremos.

Hale, he dicho